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Por Datos Históricos
La Habana.- En la década de 1930, Berlín tenía un habitante imposible de ignorar. No caminaba erguido, no hablaba, no vestía uniforme. Era un gigante de 2.260 kilos con alma tranquila y ojos que parecían recordar el mar.
Su nombre era Roland, el elefante marino del sur que se convirtió —sin proponérselo— en una de las mayores atracciones del zoológico. Llegó desde Georgia del Sur en 1930, y pronto la ciudad entera lo conocía.
Los niños lo señalaban con asombro. Los adultos lo observaban en silencio, como si contemplaran un fragmento de otro mundo. Roland era enorme, pesado, antiguo. Un submarino de carne que respiraba.
Pero bajo esa montaña de músculo había algo más delicado: un temperamento dócil, una ternura insospechada. Con sus cuidadores formó un vínculo que pocos animales en cautiverio llegan a tener.
La imagen más recordada es casi surrealista: un cuidador bañándolo entre montones de nieve, como si en el corazón de Berlín hubiera llegado un pedazo de la Antártida. Roland permanecía quieto, dejando que las manos humanas recorrieran su piel rugosa, como si entendiera que en aquel gesto había cariño, no dominio.
Tal vez, por un instante, recordó el océano del que fue arrancado. Su fama cruzó fronteras. Apareció en postales, noticiarios y películas británicas Pathé.
Europa lo conoció así: silencioso, inmenso, pacífico. En 1935 murió. Su piel se conservó en el Museo de Historia Natural de Berlín, hasta desaparecer entre bombas en la Segunda Guerra Mundial.
Solo su máscara mortuoria —fría, pesada, inmóvil— queda hoy en el Museo Marítimo Alemán de Stralsund. Pero Roland sigue vivo en otro lugar. En la memoria. En la idea de que un animal arrancado del mar pudo enseñarnos dulzura. En el recordatorio de que, incluso en jaulas de concreto, hubo una vez un gigante que despertó ternura en quienes lo miraban con ojos de niño.
No era una atracción. Era un encuentro. Una vida que dejó huella.