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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- En el marco de la feria FIHAV 2025, el régimen cubano anunció con bombos y platillos una supuesta reforma laboral: las empresas extranjeras podrán contratar directamente a sus trabajadores sin necesidad de hacerlo a través de las empleadoras estatales. Pero, como siempre ocurre con cualquier “apertura” en Cuba, el diablo está en los detalles… y en este caso, también en el control.

Aunque el gobierno afirma que la contratación será “directa” y que se permitirá el pago de gratificaciones en divisas, inmediatamente aclaró que el Estado seguirá escogiendo a los trabajadores. En otras palabras: las transnacionales podrán firmar el contrato, pero no podrán decidir libremente a quién emplean. La vieja intermediación estatal se disfraza de modernización, pero mantiene intacta su función principal: filtrar, controlar y seleccionar únicamente a los “revolucionarios confiables”.

Es decir, hasta los empleos en divisas, los mejor remunerados y los únicos con alguna posibilidad de mejorar la calidad de vida, seguirán siendo un privilegio reservado para los “idóneos”: esos trabajadores políticamente aprobados por la maquinaria ideológica del Partido. Nada nuevo: otro mecanismo para garantizar que las divisas circulen dentro de un círculo leal, mientras la mayoría de los cubanos continúa atrapada en salarios miserables pagados en inservibles pesos cubanos.

Reformas para aumentar el control

Además, la medida habla de “gratificaciones” en moneda fuerte, pero no aclara si el salario base seguirá pagándose en CUP, ni si esas gratificaciones serán libres, reales o simbólicas. Tampoco se ha explicado cómo afectará esta reforma a la libertad sindical, ya prácticamente inexistente en la isla: ¿podrá un trabajador negociar, reclamar o organizarse si ni siquiera puede decidir su propio empleo sin el visto bueno del Estado?

Como ocurre con todas las “reformas” laborales, económicas o migratorias del régimen, esta no está diseñada para ampliar libertades, sino para perfeccionar los instrumentos de control. No se trata de empoderar al trabajador, sino de administrar la mano de obra como un recurso político, garantizando que quienes accedan a mejores salarios sean los leales al sistema y no aquellos mejor preparados o más competentes.

En esencia, este nuevo esquema no es más que otra vía para mantener la subordinación total de la masa laboral, una forma moderna de esclavitud disfrazada de avance. Cuba mantiene el monopolio sobre el empleo, sobre los ingresos y sobre las oportunidades. Y mientras ese monopolio exista, ningún anuncio de “contratación directa” será realmente sinónimo de libertad… solo de control absoluto.

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