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Por Max Astudillo ()
La Habana.- Mientras el presidente Miguel Díaz-Canel inauguraba la FIHAV 2025 con un discurso sobre «resistencia creativa», en las calles de La Habana la creatividad se reduce a inventar formas de comer tres veces al día.
Habla de resiliencia mientras Cuba importa pollo y huevos de países que no sufren «bloqueos recrudecidos». Describe alianzas productivas cuando la producción azucarera – otrora orgullo nacional – no alcanza ni para llegar a las desvencijadas bodegas. Este contraste entre la retórica oficial y la realidad cotidiana no es simple coincidencia: es la esencia de un régimen que prefiere montar ferias antes que reconocer fracasos.
Cuando el mandatario cubano afirma que «no podemos amedrentarnos con nada, ni detenernos», uno mira los campos cubanos, las fábricas semiparalizadas, el éxodo masivo de jóvenes, y se pregunta: ¿ante qué ojos quieren que cerremos los nuestros?
La «resistencia creativa» parece significar crear ficciones donde deberían haber hechos. Menciona desarrollo mientras el PIB se contrae; habla de productividad cuando los salarios no alcanzan para lo básico; invoca ciencia mientras los cerebros huyen hacia laboratorios extranjeros. Esta feria no es muestra de capacidad, sino el escaparate de una economía que sobrevive de nostalgias y remesas.
Resulta particularmente cínico escuchar sobre «alianzas productivas» cuando las estadísticas muestran que la inversión extranjera está lejos de los niveles prometidos. Díaz-Canel elogia a empresarios «con los que tenemos deudas», como si el incumplimiento fuera una virtud.
Lo llama «honradez», pero en cualquier otro país se llama moratoria. Lo presenta como «compromiso con Cuba», cuando muchos empresarios simplemente apuestan a que algún día podrán recuperar su capital atrapado en esta isla de promesas incumplidas. No es solidaridad lo que los mantiene aquí, es la esperanza de que su paciencia tendrá recompensa – algo que el gobierno cubano ha sabido vender como ningún otro.
El mayor espejismo es pretender que esta feria – con su parafernalia y sus discursos – puede ocultar el colapso sistémico. Mientras en el recinto ferial se brinda con ron de exportación, en los hogares cubanos se raciona la electricidad. Mientras se habla de innovación, los hospitales carecen de medicamentos básicos.
Esta no es «resistencia creativa», es la coreografía de un naufragio. El gobierno cubano se ha especializado en montar teatros donde debería haber soluciones, en crear narrativas donde urgen realidades.
Cuando Díaz-Canel asegura que «vendrán tiempos mejores», uno no puede evitar preguntarse: ¿para quién? Para el cubano de a pie que hace colas interminables, o para la nomenclatura que sigue viajando y accediendo a privilegios inalcanzables para el común de los mortales?
Esta feria es el perfecto símbolo de la Cuba actual: un escaparate brillante para visitantes extranjeros, detrás del cual se esconde un país exhausto, desangrado por seis décadas del mismo experimento fallido.
Finalmente, la frase más reveladora: «No hacerlo sería condenar el futuro». Precisamente eso han hecho: condenar el futuro de generaciones enteras a fuerza de discursos vacíos y políticas obsoletas.
Mientras sigan culpando al «bloqueo» de males que tienen su origen en la incompetencia y el inmovilismo, mientras prefieran hacer ferias en lugar de reformas, Cuba seguirá siendo ese país paradójico donde se habla de desarrollo mientras se retrocede, donde se alaba la resistencia mientras se huye en balsas, donde se celebra la creatividad para sobrevivir, pero se castiga la que podría hacerla prosperar.