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La justicia en el vacío: el caso Martiño Ramos prueba a la diplomacia cubana

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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- El asunto Martiño Ramos se le ha venido a La Habana como un ciclón de verano, imprevisto y cargado de una humedad legal que amenaza con empapar todos los papeles. La noticia de su detención, tras esa vida pública y descarada de fotógrafo bohemio en los adarves de la cultura habanera, no es solo la captura de un fugitivo. Es el abrupto ingreso de un problema diplomático de primer orden en los despachos de la capital.

El gobierno cubano se encuentra de pronto con un hombre, un pederasta condenado, encerrado en una celda de la PNR, mientras España, al otro lado del océano, estira la mano para reclamarlo. Y en el medio, el gran vacío: la ausencia de un tratado de extradición que sirva de puente. No es un simple trámite; es un laberinto sin hilo conductor, donde cada paso debe medirse con la precisión de un relojero, sabiendo que un solo gesto en falso puede leerse como una declaración de principios.

Mientras Ramos, o Martín Soto, se paseaba por escenarios de la capital cubana, tejía inadvertidamente la madeja que ahora el gobierno debe desenredar. Su perfil público, esa fachada de “extrovertido y amable” que tan bien documentaron los testigos, no hace sino complicar el asunto. ¿Cómo explicar que un depredador sexual con una condena de 13 años circulase con tal desparpajo por eventos, algunos incluso oficiales, sin levantar una sola sospecha?

La pregunta, incómoda y punzante, reverbera ahora en los pasillos de las instituciones. Cada foto que subió a Instagram, cada conversación con un modelo joven, es un recordatorio de la opacidad que puede existir bajo la luz más cruda. Para La Habana, su captura no es un triunfo, sino la constatación de un fallo en el sistema, una grieta por donde se coló la ignominia.

El dilema de extraditarlo o no

El dilema que se abre ahora es de una complejidad jurídica y política exquisita. Sin un tratado bilateral, el proceso se convierte en un territorio pantanoso, regido por la reciprocidad, la cortesía internacional y, sobre todo, por el frío cálculo de los intereses de Estado. España ha iniciado los contactos, pero la pelota está en el tejado cubano. ¿Bajo qué figura se realizaría la entrega? ¿Se activará algún mecanismo de cooperación ad hoc?

Cada una de estas opciones lleva aparejada una carga simbólica enorme. Entregar a Ramos sería un gesto de sintonía con Europa, un mensaje de cero tolerancia ante ciertos delitos. Pero también crearía un precedente y expondría al gobierno a críticas internas de aquellos que podrían ver en ello un acto de sumisión a las demandas de la antigua metrópoli.

La sombra de la soberanía es alargada y se proyecta sobre este caso con una intensidad particular. Cuba defenderá, como es lógico, su potestad para decidir conforme a sus propias leyes y procedimientos.

Cualquier movimiento será escrutado bajo el microscopio de la política exterior. La decisión final no se tomará únicamente en los tribunales, sino en una mesa donde se ponderan las relaciones bilaterales, la imagen internacional y el mensaje que se quiere enviar al mundo. Un error de cálculo podría interpretarse como una debilidad o, por el contrario, como una innecesaria rigidez. El gobierno de La Habana se encuentra en la tesitura de tener que administrar justicia sin que esta parezca, ante nadie, un acto de vasallaje.

Una prueba de fuego para la diplomacia cubana

Mientras tanto, el tiempo juega en su contra. Ramos, el hombre convertido en problema, espera. Su presencia en una celda es un recordatorio constante de que este asunto no prescribe, no se desvanece. La presión mediática, tanto española como internacional, no hará más que aumentar. Cada día que pase sin una resolución alimentará las especulaciones y los titulares.

El caso ha dejado de ser un secreto a voces en el ambiente artístico habanero para convertirse en un expediente abierto sobre la mesa de los ministros. La habilidad del gobierno consistirá en manejar estos tiempos, en demostrar que actúa con diligencia pero sin precipitación, con firmeza pero sin estridencias.

Al final, el caso Martiño Ramos es mucho más que la posible extradición de un pederasta. Es una prueba de fuego para la diplomacia cubana en un escenario global cada vez más intrincado. Es un examen sobre la capacidad de la isla para navegar entre sus principios y las demandas de cooperación internacional en la lucha contra el crimen.

La decisión que se tome sentará un precedente crucial y dibujará los límites de hasta dónde está dispuesta a llegar La Habana para cumplir con una justicia que, en este caso, habla con acento gallego pero reclama una universalidad que resulta imposible de ignorar. El silencio de los tratados debe ser llenado con la contundencia de los hechos.

Por cierto, Cuba esconde a muchos otros convictos de la justicia española y se niega a extraditarlos. Por eso n hay tratado de extradición entre ambos países. ETA dixit.

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