Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Joaquín Santander ()
Caracas.- El reciente y explosivo análisis del periódico británico The Telegraph ha encendido todas las alarmas: el masivo despliegue militar estadounidense en el Caribe, aparentemente dirigido a Venezuela, podría tener como «verdadero objetivo» forzar un cambio de régimen en La Habana.
El artículo, que ha reverberado en la prensa internacional, dibuja un escenario que recuerda a las operaciones de la Guerra Fría, comparando la ofensiva actual con la histórica Operación Mangosta de los años 60, aquella fallida campaña de la CIA para derrocar a Fidel Castro.
En Washington, se percibe a Venezuela y Cuba como «regímenes siameses», estrechamente entrelazados y sostenidos mutuamente. La estrategia, impulsada por figuras como el secretario de Estado Marco Rubio, sería sencilla en su planteamiento y devastadora en sus posibles consecuencias: la caída de Nicolás Maduro en Caracas representaría una oportunidad histórica para decapitar al castrismo en La Habana, privándolo del petróleo venezolano que actúa como su cordón umbilical. Un analista citado por el medio lo resume con crudeza: «Sin Maduro, Cuba quedaría más expuesta que nunca» .
La premisa central del análisis es difícilmente refutable: la influencia de La Habana en Caracas es un secreto a voces que trasciende la mera alianza ideológica. El régimen cubano ha convertido a Venezuela en un protectorado informal, donde su servicio de inteligencia no solo asesora, sino que en gran medida controla los mecanismos clave de la Fuerza Armada Bolivariana y las esferas de poder, actuando como el principal sostén de Maduro.
Esta profunda infiltración convierte a Venezuela en la primera línea de defensa de Cuba. Cualquier amenaza al chavismo es, por extensión, un ataque directo a la estructura de poder en La Habana. La dependencia es simbiótica y mortal; sin el petróleo venezolano, la economía cubana, ya en estado de coma, sufriría un paro cardíaco. La caída de Caracas sería, para La Habana, el equivalente a que le cortaran el suministro de oxígeno.
La pregunta que flota en el ambiente, y que el artículo de The Telegraph plantea de forma tangencial, es qué podría oponer Cuba ante un escenario de máxima presión. La respuesta, vista desde la fría realidad de la isla, es aterradoramente poca cosa. Cuba atraviesa la que puede ser la mayor crisis económica desde su independencia de España, una recesión profunda y multidimensional que ha pulverizado el poder adquisitivo de los cubanos y ha llevado a siete de cada diez ciudadanos a saltarse comidas por falta de recursos.
El país sufre apagones recurrentes, una inflación galopante y un colapso casi total de los servicios públicos. Esta debilidad estructural no es solo económica; es también social y política. El descontento ha estallado con una fuerza inusitada, con un récord histórico de más de 1,100 protestas documentadas en un solo mes, que van desde cacerolazos y bloqueos de calles hasta grafitis antigubernamentales y un clamor en las redes sociales.
Un dato crucial: este malestar ya no es patrimonio de los activistas tradicionales; ha contaminado espacios antes impensables como las universidades, donde los estudiantes se han plantado contra el gobierno en las protestas más numerosas desde 2021 .
Ante esta tormenta perfecta de crisis externa e interna, la capacidad de resistencia del régimen se antoja minúscula. El despliegue militar estadounidense, con el portaaviones USS Gerald R. Ford como símbolo de un poderío abrumador, es una demostración de fuerza diseñada para asfixiar sin necesidad de un solo disparo.
La «oposición» que Cuba podría presentar no estaría en sus desvencijadas fuerzas armadas, sino en la represión interna para contener el estallido social que inevitablemente seguiría a una asfixia económica total. Sin embargo, ni siquiera este recurso parece garantizado.
Analistas citados en otros contextos sugieren que «hay oficiales con mando de tropas convencidos de que ‘ya esto no da más'» y que «no obedecerían la orden de masacrar en las calles» . El muro de contención interno muestra grietas profundas.
Frente a esta coyuntura apocalíptica, la reacción oficial del gobierno cubano ha sido la previsible: un enérgico rechazo al despliegue militar, al que tilda de acto peligroso y pretexto para una política de dominación imperialista bajo la Doctrina Monroe. Sin embargo, esta retórica, que durante décadas pudo movilizar a sectores de la población, hoy suena hueca para una ciudadanía que se está muriendo de hambre y que ha perdido el miedo.
La narrativa del «bloqueo» como causa única de todos los males, aunque repetida hasta el cansancio, ya no logra ocultar la evidencia de un modelo económico y político disfuncional, que el propio gobierno ahora denomina «economía de guerra» para justificar el colapso .
En definitiva, el análisis de The Telegraph, aunque especulativo, se sustenta sobre una lógica geopolítica impecable y sobre los datos crudos de una realidad cubana en descomposición. La posibilidad de que Washington esté utilizando a Venezuela como el punto de apalancamiento para fulminar a la dictadura castrista es no solo plausible, sino que se alinea perfectamente con la visión histórica de figuras clave en la administración Trump.
Lo que Trump y Rubio podrían estar preparando no es una invasión, sino el jaque mate estratégico definitivo: estrangular económicamente a la isla empujando a Caracas al abismo, para luego esperar a que el régimen, desprovisto de su salvavidas y enfrentado a un pueblo hambriento y una base militar fracturada, se derrumbe bajo el peso de sus propias contradicciones.
En este juego, la principal arma de Cuba, su legendaria resistencia, podría estar agotándose, sustituida por un cansancio histórico y una desesperación que ya no conoce fronteras.