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Por Joel Fonte
La Habana.- Pregonar humanismo y solidaridad como vocero de un régimen de raíz comunista -luego derivó en estatismo fascista-, no es cinismo político; es crimen…
Desde que Carl Marx creó su teoría comunista en el auge de los movimientos industriales y obreros del siglo XIX europeo, pasando luego por el bolchevismo ruso que la implementó, por los asesinatos en masa en los gulags soviéticos de Stalin, por los millones de muertos de la Revolución cultural y otros engendros de la retorcida mente de Mao; pasando además por los exterminios de las dictaduras satélites de Pol Pot en Cambodia y otras regiones de Asia y Europa del Este, y llegando hasta esta misma isla y los miles de muertos que provocó el castrismo como exportador de esa ideología en Centro y Suramérica, en África…la larga lista de cerca de cien millones de muertos que muchos estudios sugieren, en esos países controlados por regímenes comunistas, que llegaron a ser un tercio de la población mundial en su auge del siglo XX, nos muestra nítidamente como hecho histórico que no solo el comunismo es una ideología fosilizada, que la realidad ha execrado, sino que no encierra ningún valor moral para la humanidad, y si sobrados motivos de repudio por su criminalidad.
Ni siquiera la orgía hitleriana, con sus cerca de 50 millones de vidas segadas, con el Holocausto de seis millones de judíos, fue tan mortífera.
Por eso, cuando escucho al mayordomo de Castro -que invoca repetidamente a su ‘carpintero’ para dejar claro que es ese apellido el poder real, y no él y los demás oportunistas que dicen gobernar- me pregunto si sabrá realmente lo que es el comunismo…
Porque es tanta la ineptitud que se advierte en esa ‘nueva élite plebeya’, que cabe cuestionarse justificadamente su grado de profundidad intelectual…
Los cubanos de hoy hemos tenido el privilegio -sin apelar ya a los clásicos- de ser contemporáneos de grandes pensadores liberales que podrían explicarles a estos criminales el término ‘comunismo’ y su oscura significación ética.
Figuras como el chileno Axel Kaiser, el español Juan Ramón Rallo -estos dos últimos doctores en economía-, y el escritor e intelectual cubano, orgullo de nuestra patria y fallecido hace poco tiempo en Madrid, tras un exilio de décadas, Carlos Alberto Montaner, podrían darle cátedra a estos ebrios de la mentira y la represión.
Encarna el odio a la libertad del ser humano, y Marx construyó ese odio disfrazado de un humanismo que apenas disimula el hacha del verdugo.
Según Marx, el comunismo es la etapa final de los modos de evolución de la sociedad, donde se resuelven todas las contradicciones, todos los antagonismos a través de la unificación de los modos de propiedad existentes, en una sola, la colectiva, y con ello dando lugar también a la unificación política de esa sociedad.
Osea, que en la sociedad comunista el individuo deja de ser propietario de todos los bienes con capacidad productiva, y estos pasan a ser comunes, de todos.
Y qué se logra con esto según el idilio marxista?. Una sobreproducción, una abundancia material tal que no existiría siquiera el dinero, que las personas trabajarían no por necesidad, sino por satisfacción social. Todo lo que esa persona necesitaría para vivir lo recibiría del fondo común de bienes producidos amablemente por esa colectividad…
Visiblemente, la sociedad de hoy está tan cerca de ese sueño utópico como lo estaba en el siglo XIX, o como lo está hoy de vivir en el sol…
Ahora veremos, sin embargo, la parte menos romántica y conflictiva para el ser humano del régimen que estos déspotas nos imponen con sus agravadas modificaciones fascistas:
Cuando el individuo, en una sociedad así, donde la ‘comunidad’ toma decisiones continuamente sobre su vida, obligándolo a subordinar cualquier proyecto personal al interés colectivo, haciendo que desaparezca toda su autonomía, su libertad para elegir sobre su propia existencia, lo cual es intrínseco a la naturaleza, a la lógica existencial misma del ser humano, se niega a subordinarse, entonces esa ‘colectividad’ utiliza la represión, el recurso de la violencia, para reducirlo, para hacer que abandone su postura ‘contrarrevolucionaria’.

Así se anula la individualidad, la personalidad misma bajo el régimen comunista. Desaparece la posibilidad de soñar siquiera con proyectos de vida personales, familiares.
Y todo se hace en favor de una élite, porque el instrumento que deviene en intérprete de ese interés colectivo, el que determina qué es lo bueno y lo malo para la mayoría, lo que conviene o no a esa sociedad, es el partido único que la teoría marxista prevé como rector de esa voluntad común.
No es difícil imaginar -en Cuba lo hemos visto por décadas-, que con frecuencia esa élite que controla el Poder interpreta los intereses personales de su grupo como los que convienen a la colectividad, desnaturalizando un diseño ideológico que ya de hecho nació retorcido.
Por eso, entre los pensadores contemporáneos, entre los liberales en particular, cada vez con más frecuencia se cuestiona el carácter científico de las ideas de Marx.
Pero, en cualquier caso, lo que si está validado por el largo sufrir de los cubanos, por los muchos crímenes de que este régimen nos ha hecho víctimas, es que con conocimiento cabal de su obrar, o por mero actuar criminal irrazonado, no podrá haber impunidad para quienes tanto daño nos han provocado.
Porque si ‘asignar’ una libra de arroz por damnificado tras un devastador huracán, implica un acto de crueldad feroz, arrebatarle los sueños, la libertad y la vida a millones de seres humanos, a generaciones enteras, constituyen crímenes de lesa humanidad…