Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Margarita Solano
Madrid.- A Tom Cruise y a Ana de Armas se les apagó la chispa. Dicen en The Sun, que es como decir que te lo ha contado un ángel, o un demonio, o un tipo que vio cómo cenaban juntos en Londres por San Valentín y ahora, nueve meses después, explica que todo ha terminado sin rencor, con la misma naturalidad con la que un hombre de 63 años que salta desde aviones y una mujer de 37 que huyó de Cuba para ser estrella en Hollywood deciden que lo suyo no iba a llegar muy lejos.
Quizá Tom Cruise, que es un hombre de ciencia, de cienciología, calculó la trayectoria y vio que el proyectil se caía. O quizá Ana de Armas miró hacia el futuro y no se vio a sí misma, a los cuarenta, explicando en una entrevista quién era realmente L. Ron Hubbard mientras su marido saltaba de un edificio en Dubái. La cosa se acabó. Y ellos, que son profesionales, seguirán trabajando juntos. Como amigos. Como si el cariño fuese un motor que puede apagarse y encenderse sin que el coche se detenga.
Pero en esta historia, que parece una comedia romántica de esas que nadie recuerda, hay un fantasma. Un fantasma cubano, con familia en el gobierno y una madre que es primera dama en Cuba. Un fantasma que, según me han contado en un bar mientras llovía y un hombre hablaba solo de toros, ya ha llamado a su madre, Lis Cuesta, para decirle que está dispuesto a volver. A lo de antes. A pasear perros por Madrid con Ana de Armas. Y a ser aquel chico que acompañaba a la actriz, entonces menos famosa pero quizá más feliz, por las calles de Chamberí, recogiendo la caca de los animales y soñando con un futuro que no incluía a un hombre que se aferra a las alas de un avión como si la vida fuese, simplemente, no caerse.
Todo fue muy discreto. Fotos en Menorca, en un yate. Fotos en Woodstock, dándose la mano. Y fotos que parecían decir: esto es real, pero no queremos que sepan cuánto. Y ahora, fotos de Ana de Armas entrando en un gimnasio de Santa Mónica con Miles Teller, que es joven y no salta desde edificios, sino que los toca con los dedos de los pies en el suelo. La vida es eso: cambiar a un mito del cine de acción por un tipo que parece el hermano sano de uno que se inyectaba esteroides en Whiplash. Y mientras, en La Habana, o en Madrid, o en el limbo de los amores que se creían muertos, Manuel Anido, el hijo de la primera dama cubana, mira esas fotos y sonríe. Porque él no tiene un yate, ni un avión, pero tiene una madre con poder y la certeza de que pasear perros es, al fin y al cabo, más real que todo esto.

Cruise y De Armas lo pasaron muy bien. Eso dice el ángel, o el demonio, o el tipo del periódico. Se quieren mucho. Se quieren tanto que han decidido no quererse más, pero de otra manera. Es la magia de Hollywood, donde las rupturas son como los guiones: se reescriben, se maquillan, y al final siempre hay una escena en la que los dos protagonistas sonríen y se despiden sabiendo que en la siguiente película, quizá, vuelvan a besarse. Pero la vida no es una película. A veces es un paseo con un perro, con un hombre que no es una estrella, con la sombra de una madre poderosa al teléfono, con la idea de que lo importante no es volar, sino no caer.
Y mientras, en Cuba, Lis Cuesta atiende el teléfono de su hijo. Lo escucha. Y quizá piensa que todo esto es un disparate, que su hijo no puede volver a ser el acompañante de una actriz famosa, que tiene un estudio pagado con dinero cuano, un futuro. Pero el amor, o lo que queda de él, es más fuerte que la política. Y un paseo por Madrid, recogiendo la caca de un perro y mirando de reojo a una mujer que ahora es más famosa que nunca, puede ser, al fin y al cabo, el papel más importante que le toque interpretar en su vida.
Así que la historia termina, o quizá vuelve a empezar. Tom Cruise se queda con sus aviones, con sus misiones imposibles, con la certeza de que una chispa se puede apagar. Y Ana de Armas se queda con una ruptura amable, con un nuevo compañero de gimnasio, y con la llamada de un fantasma que le recuerda que, antes de los yates y las premieres, hubo un tiempo de perros y aceras. Un tiempo al que, quién sabe, quizá pueda volver. La farándula es así: un círculo. Como la vida. O como la cinta de correr en la que ahora entrena, sin saber que alguien, desde lejos, ya está preparado para volver a caminar a su lado.