Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Qué bonito eso de que el Tren Extra #18, que cubría la ruta Manzanillo-La Habana, tuviera que hacer una parada de emergencia en Ranchuelo porque medio tren empezó a sentir que el estómago les sonaba como una conga en carnaval. No era un viaje, era una ruleta rusa gastrointestinal. 653 pasajeros atendidos, 29 remitidos, 5 niños al pediátrico… pero eso sí, “afortunadamente no se reportan fallecidos”. Claro, porque morirse sería exagerar, pero vaya susto que se pegaron los riñones.
Lo primero que uno se pregunta es: ¿qué comieron? ¿Sandwich de estación de tren cubano? Eso es como jugar a la lotería con el sistema digestivo. Entre el pan con moho disimulado con una capa de mantequilla rancia y la carne que lleva más tiempo viajando que los pasajeros, no es extraño que el cuerpo diga “hasta aquí llegué”. Y ojo, que esto no es un problema de ahora: el menú de los trenes cubanos viene siendo el mismo desde que Fernando VII tenía colonias.
Pero vamos a ser justos: el problema no es solo la comida. Es el conjunto. Un tren que tarda dos días en cruzar la isla, con apagones que derriten hasta el hielo de la nevera portátil que llevaba la abuela, y un baño que parece el decorado de una película de zombies. ¿Salubridad? Qué va, eso es un concepto capitalista. Aquí lo que hay es resistencia intestinal revolucionaria.

Lo mejor es el protocolo de actuación: “se activaron los protocolos establecidos por la Dirección General de Salud”. O sea, que tienen un manual para cuando medio tren se descompone por ambos lados. Y ahí estaban las autoridades del Partido y del Gobierno supervisando, que para estas cosas nunca faltan. ¿Habrán llevado su propio papel higiénico o usaron el del tren? Eso sí que es heroísmo.
Y ahora, el pesquisaje al 100% de los viajeros. Imagínate la escena: médicos con batas blancas, medio sucias, subiendo al tren y preguntando “compañero, ¿usted también anda suelto?”. Menos mal que no hubo fallecidos, pero vaya tragedia nacional: que un tren lleno de cubanos no pueda aguantarse hasta La Habana es como que un español no aguante hasta la hora del vermut… por decir algo.
En fin, que el Tren de la Diarrea ya es parte del folclore nacional. La próxima vez, quizás deberían vender el pasaje con un kit de supervivencia: pastillas para el estómago, un litro de suero oral y una pala para enterrar lo que haya que enterrar. Eso sí, con “estabilidad garantizada” y el monitoreo epidemiológico correspondiente. Pa’ que luego digan que en Cuba no hay innovación.