Cuba: el proyecto que se salió de control
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- ¿Puede un minúsculo cúmulo de hombres armados con escopetas de caza derrotar a un ejército constitucional, con las estructuras básicas de una nación? Claro que no.
De manera que el cuento de la Revolución cubana es más largo que la esperanza de un pobre.
Siempre me ha parecido necesario hacerse una pregunta incómoda: ¿cómo fue posible que un grupo relativamente pequeño de guerrilleros terminara tomando el control de un país entero cuando, en términos estrictamente militares, la desproporción entre ambos bandos era enorme?
La respuesta no puede reducirse a la imagen romántica de unos barbudos bajando de la Sierra Maestra y derrotando heroicamente a un ejército. Una revolución no triunfa únicamente porque unos hombres disparen desde las montañas. Triunfa cuando confluyen circunstancias políticas, sociales, económicas, militares y, sobre todo, geopolíticas.
Y ahí comienza la verdadera historia.
Cuba es, sin lugar a dudas, uno de los ejemplos más extraordinarios de cómo una estrategia geopolítica puede producir resultados completamente diferentes a los inicialmente previstos.
En otras palabras: un proyecto que se salió de control. Los americanos se comieron el trasero con la puerta con el proyecto cubano.
El mal cálculo de Washington
En el libro Cuarto Piso se explica claramente cuál era la visión que predominaba entonces dentro del Departamento de Estado. La expectativa estadounidense no era necesariamente que Cuba terminara convertida en una dictadura comunista alineada con Moscú. El cálculo era mucho más parecido a lo que había ocurrido en otros países latinoamericanos: caída de un gobierno, transición y eventual retorno a un sistema político compatible con el orden continental.
Pero hubo un error fundamental de cálculo. Creyeron que Fidel Castro era una cosa cuando, en realidad, era otra. Y ese error tuvo consecuencias históricas.
Castro no parecía encajar inicialmente, para muchos observadores, en el molde clásico del comunismo soviético. Su discurso era fundamentalmente nacionalista, anti-Batista y revolucionario. Hablaba de justicia social, soberanía y de devolverle al pueblo aquello que, según él, le había sido arrebatado.
Pero una cosa era el discurso utilizado para conquistar el poder y otra muy distinta el sistema que habría de construirse después de conquistarlo.
Fidel Castro comprendió algo fundamental: tomar el poder es una cosa; conservarlo es otra completamente diferente. Y para conservarlo necesitaba eliminar cualquier posibilidad de alternancia.
Ahí aparece el verdadero punto de inflexión.
Porque una democracia implica precisamente aquello que un gobernante obsesionado con el poder no puede aceptar: elecciones competitivas, oposición organizada, prensa independiente, separación de poderes, instituciones autónomas y la posibilidad real de perder el gobierno.
El gran problema
Castro no estaba dispuesto a aceptar ninguna de esas condiciones.
«¿Elecciones para qué?», dijo. Y no solo lo dijo: lo cumplió.
A partir de ahí, la revolución dejó de ser simplemente una insurrección contra Batista y comenzó a convertirse en un sistema político diseñado alrededor de la permanencia indefinida de un solo grupo en el poder.
Y aquí está, a mi juicio, una de las grandes tragedias de Cuba: la revolución que prometía devolverle el poder al pueblo terminó quitándole al pueblo la posibilidad de decidir quién lo gobernaba.
El problema no fue solamente económico. Tampoco fue exclusivamente ideológico. Fue institucional. Cuando desaparece la posibilidad de cambiar al gobierno mediante elecciones, desaparece también uno de los mecanismos fundamentales para corregir los errores del poder.
Un gobierno democrático puede equivocarse y ser sustituido. Una dictadura puede equivocarse durante décadas y seguir gobernando porque el ciudadano carece de mecanismos efectivos para sustituirla.
Ese es el verdadero problema.
Por eso tampoco me convence el argumento de la «plaza sitiada» como explicación universal de la tragedia cubana.
¿Ha sufrido Cuba las consecuencias del embargo estadounidense? Por supuesto. ¿Las relaciones hostiles con Estados Unidos han afectado la economía cubana? Evidentemente.
¿Existen dificultades que pueden atribuirse a las sanciones estadounidenses? Sí. Pero convertir el embargo en la explicación de absolutamente todo lo ocurrido durante más de seis décadas es intelectualmente insuficiente.
¿Y la responsabilidad del castrismo?
Porque hay una pregunta que continúa esperando respuesta:
¿Qué parte de la responsabilidad corresponde a quienes han gobernado Cuba durante más de seis décadas?
La escasez, la destrucción de la infraestructura productiva, el deterioro de los servicios públicos, la emigración masiva, la improductividad y la incapacidad de generar prosperidad no pueden explicarse exclusivamente mirando hacia Washington.
Un gobierno que controla la economía, la prensa, las instituciones, las fuerzas armadas, la justicia y la vida política durante décadas también tiene que asumir responsabilidad por los resultados de su propio modelo.
Y aquí aparece otra paradoja. El régimen cubano ha demostrado una extraordinaria capacidad para sobrevivir. Pero sobrevivir no significa gobernar bien. Una persona puede sobrevivir durante años alimentándose deficientemente. Eso no significa que esté saludable.
Un país puede sobrevivir durante décadas en condiciones económicas precarias. Eso tampoco significa que su modelo funcione. La supervivencia de un sistema no demuestra su eficacia; demuestra su capacidad de supervivencia. Y el castrismo ha demostrado tener una capacidad extraordinaria para eso.
Ha sobrevivido a la desaparición de la Unión Soviética. Ha sobrevivido a la pérdida de sus principales subsidios económicos. Ha sobrevivido al éxodo de cientos de miles de cubanos. Ha sobrevivido a crisis económicas devastadoras. Ha sobrevivido al descontento popular. Y ha sobrevivido incluso a generaciones enteras de cubanos que nacieron después de 1959 y que nunca conocieron otra realidad política.
¿Cómo?
Mediante el control. Control político, control informativo, control institucional y control de la economía. Pero también mediante una estrategia internacional extraordinariamente eficaz. Porque el castrismo no se limitó a gobernar Cuba.
Durante décadas proyectó influencia mucho más allá de sus fronteras: apoyó movimientos revolucionarios, entrenó guerrillas, estableció alianzas con gobiernos ideológicamente afines y convirtió a Cuba en un actor desproporcionadamente importante dentro de la política latinoamericana.
Un pequeño país del Caribe terminó teniendo una influencia internacional muy superior a su tamaño y a su capacidad económica.
Eso, desde el punto de vista geopolítico, es extraordinario. Y precisamente por eso me resulta tan difícil comprender cómo pudo sobrevivir durante tanto tiempo. Porque Cuba no fue simplemente una dictadura encerrada dentro de una isla.
Fue también un actor que intervino, directa o indirectamente, en conflictos políticos de otros países y que terminó convirtiéndose en un símbolo mundial de la confrontación entre Estados Unidos y el bloque soviético durante la Guerra Fría.
Y aquí llegamos al punto que considero más importante.
Estados Unidos no perdió Cuba simplemente porque Fidel Castro ganara una guerra. Perdió Cuba porque no comprendió a tiempo qué tipo de poder había llegado al gobierno. Y cuando finalmente lo comprendió, el proceso ya era prácticamente irreversible.
Los dos sistemas en confrontación
Castro había consolidado el poder, eliminado a sus adversarios políticos, transformado las instituciones y establecido una alianza estratégica con la Unión Soviética.
La revolución había cambiado de naturaleza. Ya no era simplemente una revolución cubana. Era parte de la confrontación global entre dos sistemas. Y Cuba se convirtió en una pieza estratégica de enorme valor para Moscú.
La historia posterior es conocida.
La crisis de los misiles convirtió a Cuba en uno de los lugares más peligrosos del planeta. Y, paradójicamente, aquella pequeña isla que Washington había considerado durante mucho tiempo parte de su esfera natural de influencia terminó convertida en uno de los principales puestos avanzados de la Unión Soviética en el hemisferio occidental.
Ese fue, probablemente, uno de los mayores errores geopolíticos del siglo XX. Pero hay algo todavía más sorprendente. El régimen sobrevivió incluso al derrumbe del sistema que lo había sostenido.
Cuando desapareció la Unión Soviética, muchos pensaron que el castrismo no podría sobrevivir. Sobrevivió.
Y ahí está otra de las preguntas que deberíamos hacernos. ¿Por qué? Porque el poder no depende exclusivamente de la economía. Depende también del control político.
Un régimen puede ser económicamente ineficiente y, sin embargo, ser políticamente eficaz para mantenerse en el poder. Eso es exactamente lo que ha ocurrido en Cuba. /Por eso considero que la Cuba de hoy no es una anomalía.
Es el resultado lógico de un sistema construido sobre una premisa muy sencilla: el poder no se entrega; se conserva.
Las diferencias entre gobernar y controlar
Y cuando un gobierno elimina todos los mecanismos legales para sustituirlo, la permanencia deja de depender de la voluntad popular y comienza a depender de la capacidad represiva del Estado.
Esa es la diferencia fundamental entre gobernar y controlar.
Cuba no necesita solamente una reforma económica. Necesita recuperar aquello que perdió hace décadas: la posibilidad de que el ciudadano pueda elegir, equivocarse, cambiar de opinión y volver a elegir.
Porque una nación no puede vivir eternamente de una revolución. Las revoluciones envejecen. Los discursos se desgastan. Los líderes mueren. Las consignas pierden significado. Pero las consecuencias permanecen.
Y la Cuba de hoy es precisamente eso: la consecuencia de una revolución que prometió liberar al pueblo y terminó construyendo un sistema cuya prioridad fundamental ha sido conservar el poder.
Cuba es peor que Venezuela, Rusia, China e Irán. ¿Por qué sigue ahí? No lo sé.
Quizás la respuesta sea precisamente esa: porque el mundo aprendió a convivir con el problema cubano.
Y mientras el mundo se acostumbró a la tragedia, los cubanos aprendieron a sobrevivirla. Pero sobrevivir no es vivir. Y una nación no puede tener como proyecto histórico simplemente llegar viva al día siguiente.


















