
El ataúd de Kennedy que fue a parar al fondo del mar
Por Rafa Junco ()
Madrid.- No fue enterrado con él. Ni siquiera llegó a la tumba. El primer ataúd que recibió el cuerpo de John F. Kennedy terminó a 2.700 metros de profundidad en el Atlántico, y fue el propio gobierno de Estados Unidos quien se aseguró de que nunca regresara a la superficie. La historia suena a novela de espías, pero es tan real como el disparo que cambió la historia.
El 22 de noviembre de 1963, en el Hospital Parkland de Dallas, el agente del Servicio Secreto Clint Hill recibió una orden urgente: conseguir un ataúd para el presidente asesinado. La funeraria Oneal envió el mejor que tenían, un modelo de bronce color marrón rojizo. El cuerpo fue colocado dentro y Jacqueline Kennedy acompañó el féretro hasta el Air Force One.
Esa imagen, con los agentes subiendo el ataúd al avión mientras Johnson juraba como presidente, es una de las más icónicas del siglo XX.
En paracaídas… al fondo del mar
Pero aquel ataúd no fue el del funeral. Para la ceremonia oficial, la familia utilizó otro, de caoba maciza. El féretro de Dallas quedó bajo custodia del gobierno y pasó casi dos años en una bóveda de los Archivos Nacionales. Robert Kennedy, sin embargo, no soportaba la idea de que aquel objeto pudiera terminar convertido en una reliquia macabra o en un objeto de culto. Quería deshacerse de él.
En febrero de 1966, el fiscal general Nicholas Katzenbach dio el visto bueno: el ataúd no tenía valor como evidencia y era mejor que desapareciera. La operación fue meticulosa. Perforaron agujeros en el metal, metieron tres sacos de arena de 36 kilos cada uno, aseguraron el féretro con bandas metálicas y lo metieron en una caja de madera. El conjunto pesaba cerca de 300 kilos.
El 18 de febrero de 1966, un C-130 de la Fuerza Aérea despegó de la Base Andrews y, sobre una zona remota del Atlántico, abrió su compuerta trasera. El ataúd descendió con paracaídas desde 150 metros, tocó el agua y se hundió hasta los 2.700 metros de profundidad. El avión dio vueltas veinte minutos para asegurarse de que no volviera a la superficie. Y nunca lo hizo. El ataúd de Kennedy descansa en el fondo del mar, lejos de los museos y los turistas, en un lugar donde nadie podrá convertirlo en souvenir.







