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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Veinticuatro mil millones de dólares. Esa es la cifra que el gobierno cubano invirtió en hoteles durante los últimos 15 años, según Emilio Morales, un exfuncionario de Cimex que hoy estudia desde Miami la industria turística de la isla.

Torres de lujo, complejos de playa, habitaciones con vista al mar. Una apuesta multimillonaria a que el turismo salvaría la economía, a que los canadienses seguirían llegando en manadas, a que los europeos no se dejarían intimidar por las advertencias de viaje. O de no viaje. 24 mil millones de dólares después, el turismo en Cuba ha muerto.

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La escena la describió Debbie Sutherland, una terapeuta conductual de Ontario que pasó sus vacaciones en Cayo Las Brujas, en Cayo Santa María, el mes pasado. En la segunda semana, según contó a The New York Times, las señales eran ominosas: gasolina racionada, excursiones canceladas, tiendas cerradas.

El hotel donde se alojaba reservó un bloque de habitaciones para empleados varados. Esa sección estaba a oscuras, porque solo los turistas tenían electricidad. Los empleados, los que sostienen la industria, se quedaban a oscuras mientras los visitantes extranjeros aún podían encender la luz. La imagen es tan grotesca como perfecta: un país que apaga sus luces para que los turistas no vean la oscuridad.

Turistas expulsados, todo cerrado

Ahora, las aerolíneas se van. Air Canada suspendió sus vuelos después de tener que reabastecerse en República Dominicana, una escala que alteraba horarios y encarecía operaciones. Las rusas, que traían a ese segundo mercado más importante, también colgaron el cartel de «no hay combustible».

Norwind y Rossiya enviaron aviones vacíos a la isla para recoger a los turistas varados y se fueron. Camiones, autos y motocicletas abandonados bordeaban la carretera hacia el aeropuerto, según contó Sutherland. Vehículos sin gasolina, dueños sin futuro, un país detenido.

Los números son demoledores. En 2018, Cuba recibió 4,7 millones de visitantes internacionales. El año pasado, apenas 1,8 millones. Una caída del 60 por ciento. Los canadienses, ese pilar que representaba el 40 por ciento de los turistas, siguen siendo los más fieles, pero hasta ellos empiezan a dudar.

Drew Garneau, un canadiense de 42 años, estaba de vacaciones en Cayo Cruz cuando un portero lo apartó en el vestíbulo después de una noche de karaoke. «Tienen que empacar. Se van a las 6 de la mañana». Él lo resumió con una frase que debería ser el epitafio de esta industria: «Nunca me habían expulsado de un país».

Turismo en la morgue

Los hoteles, esos gigantes de cemento financiados con 24 mil millones de dólares, están vacíos. La tasa de ocupación ronda el 20 por ciento, según Paolo Spadoni, profesor de la Universidad de Augusta. Pero hay un detalle que Spadoni señala con precisión de cirujano: para los militares cubanos, esos hoteles no son una inversión turística, son una inversión inmobiliaria.

Gaviota, la filial de GAESA que los administra, no construyó para recibir turistas, sino para apropiarse de las mejores propiedades de la isla. Por si algún día, en una transición, hubiera que negociar con esos activos. Es la misma lógica del que roba no para gastar, sino para tener.

Y mientras tanto, en La Habana, Miguel Díaz-Canel habla de resistencia y de no rendición. Pero la resistencia se mide en cifras, y las cifras no mienten. 24 mil millones de dólares enterrados en hoteles vacíos. Aerolíneas que se van. Trabajadores del sector enviados a sus casas sin saber si volverán. Tiendas que cierran porque no hay a quién venderle.

El turismo en Cuba no está en cuidados intensivos; está en la morgue. Y el único epitafio posible lo escribió aquella mujer de Cayo Las Brujas cuando los empleados del hotel le dijeron, con una mezcla de gratitud y desesperanza: «Sin Canadá moriríamos». Ahora ya no hay Canadá. Ahora solo queda esperar a ver si alguien, en alguna parte, está dispuesto a invertir otros 24 mil millones para resucitar lo que nunca debió morir.

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