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Por Ulises Toirac ()
La Habana.- Los padres, al menos para la gente de mi época, dejan un sabor que mezcla el cariño con la autoridad. Aun cuando pasa el tiempo, crecemos, y con ello sus figuras se nos hacen susceptibles de ser criticadas, ese sentimiento que emana de los cariños y respetos se mantiene vivo.
La vieja y el viejo diferían como la noche y el día. Ella seria, él relajo, ella estricta pero compasiva, él autoritario, ella pedagoga, él cinturón… No faltaban las discusiones, pero quedaba incólume el terreno y la estructura de respeto.
Las fiestas, por ejemplo, propiciaban un ambiente diferente. Ese relajo temporal permitía verlos de otra manera, con otros ojos.
Conmigo habían decidido «tirar el último cartuchazo», así que fui el más pequeño durante diez años. El tiempo más que suficiente para incorporar todo lo negativo del carácter de los hijos más pequeños de una familia sobreprotectora. Hasta que…
Una noche fueron a Tropicana. En ese cabaret aún se hacían grandes producciones. De esas de barcos en el escenario y ciudades, con un gran cuerpo de baile, figuras de primer nivel protagonizando y el copón y la vela. Por lo que sucedió luego en casa, traté de indagar y parece que presentaban un espectáculo de la Roma antigua y Nerón —representado por el inolvidable actor Carlos Montezuma— era la figura central.
La memoria se comporta de una forma rara. Yo tenía unos nueve años y los episodios se fragmentan y modifican con el paso del tiempo. No recuerdo que hayan salido para el cabaret, ni si dormíamos mi hermano y yo a su regreso, pero sí recuerdo a mi augusta madre apoyando la espalda en la pared del pasillo y cantando con una alegría y una picardía absolutamente incongruentes con su persona:
—¡Nerón, Nerón! ¡Tremendo vacilón! — terminando el estribillo con una risa sin recatos que la hizo rodar pared abajo a causa de la blandenguería de sus piernas.
Mientras, mi padre, con idéntico ánimo, intentaba rescatar sin éxito a su esposa del deslizamiento.
Juro no recordar nada más de aquella noche. Parece que, despertado por las risas y el despelote, mi sueño pudo más que mi curiosidad, mandé todo a la mierda, y me regresé a la almohadita y a Morfeo, con la tranquilidad de saber que los viejos ya estaban en casa.
Unos nueve meses después nació Tania. Por culpa de Tropicana y de la alegre propensión incendiaria de Nerón.