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𝗣𝗶𝘁𝗶𝘁𝗶, 𝗡𝗶𝗸𝗶𝘁𝗮 𝘆 𝗣𝗲𝘁𝗲𝗿

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Por Ulises Toirac ()

La Habana.- Pititi era uno de los más pequeños del aula, pero tenía un mal carácter del carajo. Andaba todo el día con la bemba estirá poniendo su orden en las cosas. Sucede algo similar con esos perros cuyas razas exhiben estaturas mirringuésimas: se meten el día ladrándole hasta a las moscas. Insoportables. Solo que Pititi tenía respaldo para andar embembao.

Nikita, un grandulón que más tosco no podía ser, le tenia cariño. Pititi le soplaba las pruebas y Nikita en cambio, lo defendía. Sobre todo de Peter, el segundo grandulón de la clase. No había manera que se formara un lio, en el que Pititi se metía escandalosamente sabiendo que saldría ileso, que no terminara con Peter mirando con inquina a Nikita, frente a frente, a punto de entrarse a puñetazos.

El aula se la pasaba de un susto en otro. Aunque había quien tomaba partido por Nikita y Pititi, había otros que eran aliados de Peter. Pero esos en total, de un bando y de otro, no pasaban de cinco. El resto se la se metía incómodo la mayor parte del tiempo, viendo cómo la tranquilidad era sometida a prueba una y otra vez.

Un buen día (o uno malo según se mire) Nikita tuvo que trasladarse de escuela. Su casa quedaba lejos y la familia decidió que perdía menos tiempo matriculando más cerca de donde vivía. Aquella mañana, antes del matutino, una muchachita esperaba en la esquina a sus amiguitas y al pasar Pititi le dijo bajito:

—Nikita no va a venir más, se mudó de escuela.

Una sensación de frío recorrió la nuca de Pititi, que siguió caminando unos pasos más hasta que vio la entrada de la escuela desde donde, sonriente y sereno, Peter le miraba.

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