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Ya Cuba no sabe cómo promover su turismo

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Todo régimen que se precie, cuando se le acaban las ideas, recurre al amor. O a lo que sea. Si no hay pan, que al menos haya pastel de boda. Diana Beatriz Olivera, directora general de Cubatur, ha anunciado que Cuba aspira a ser “Destino de Bodas”.

Lo dijo en el Salón Puerto Príncipe del Hotel Nacional, que debe de ser el lugar con la mayor proporción de sillas vacías por metro cuadrado de la isla. Mientras ella hablaba de bodas náuticas y paquetes a la carta, a las afueras del hotel, en la calle, la gente hace colas que son todo lo contrario a una boda: no hay banquete, no hay fotógrafos y el único “sí, quiero” es el que le dicen al que vende harina o pollo por la izquierda.

La cifra que manejan es de 28.000 dólares por evento. Veintiocho mil dólares. Esa es la realidad que ellos promocionan. La otra realidad, la de la gente que paga esos 28.000 dólares en una década de salarios, ni se menciona. Es el mismo país, pero son planetas distintos. En uno, los organizadores de bodas de México y Colombia eligen entre una boda de montaña o de mar. En el otro, los cubanos eligen entre quedarse en casa o intentar largarse a donde sea. Esa es la verdadera “celebración a la carta”.

Mencionan que solo en América se recaudan 50.000 millones de dólares al año con este negocio. Cincuenta mil millones. Es una cifra tan abstracta y tan lejana como la idea de la democracia. Mientras, la economía cubana, la real, funciona con remesas, con envíos de paquetes de comida desde Miami y con una inflación que se come los magros salarios como si fuera un invitado voraz que no deja nada en el plato. Hablar de miles de millones en un país donde el estado no puede garantizar la luz o el jabón es el chiste más triste del día.

Pese a… tantas cosas

El evento, Expobodas 2025, se celebrará en el Hotel Nacional. Un símbolo. Un lugar precioso, dicen. Abierto en 1930. Toda la historia cabe ahí dentro: los mafiosos norteamericanos, las estrellas de cine, los periodistas extranjeros, los delegados del Partido. Ahora, escenario de un simposio sobre bodas para 150 personas en un hotel que, como casi todos, tiene más empleados que huéspedes. Es la metáfora perfecta: una fiesta ficticia para salvar una industria turística que se ahoga en la misma agua que promociona para los cruceros.

Y luego está la frase: “pese a la situación económica de Cuba en la actualidad, tiene un panorama turístico envidiable”. Esa es la clave. El “pese a”. Pese a que no hay comida en las tiendas, pese a los apagones de doce horas, pese a la represión, pese a que la gente se va, pese a todo. El régimen siempre promociona la cáscara, la foto bonita, el mar azul que enmarca la miseria. Quieren vender la idea de un paraíso, ignorando deliberadamente el infierno cotidiano que ellos mismos han ayudado a construir.

Al final, lo único que se celebra en Cuba es la perseverancia de su gente. La boda real es la que monta una familia que logra reunir un pollo y un poco de arroz para celebrar que, contra todo pronóstico, siguen juntos. Esa boda no cuesta 28.000 dólares, no tiene fotógrafos profesionales ni se celebra en un escenario patrimonial. Se celebra en una sala con ventilador, si hay luz, y es el único evento que de verdad importa. El resto es puro teatro para una audiencia extranjera que, o no quiere ver la realidad, o simplemente le da igual.

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