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Por Max Astudillo ()
La Habana.- Todos los que hablaron después de Marta Elena Feitó -la ministra- no renunciaron porque en Cuba, amigos, las renuncias son como los aguaceros en verano: prometidos, deseados, pero al final, pura ficción.
La ministra Feitó fue sacrificada en el altar del «algo había que hacer» después de sus declaraciones catastróficas, pero sus compañeros de viaje —Yusuam Palacios y demás— siguen tan campantes, como si el ridículo fuera un mérito revolucionario.
¿Acaso esperaban coherencia? Aquí, cuando un barco hace agua, no se arroja la carga al mar: se celebra el heroísmo de seguir a flote mientras la popa ya está bajo el agua.
Feitó fue el chivo expiatorio perfecto: una ministra cuyo mayor logro fue demostrar que se puede decir «no hay problemas» mientras el país se desmorona. Pero los demás, los ideólogos, los que aplaudieron cada desatino, siguen en sus puestos, repitiendo consignas como loros enjaulados.
¿Renunciar? Qué va, eso es cosa de burgueses decadentes. En el socialismo tropical, el cargo es como un tatuaje: solo te lo quitas con láser o con la muerte.
Yusuam Palacios, ese filósofo de guardia, sigue pontificando sobre la «batalla de ideas» como si no supiera que la única batalla perdida fue la del sentido común.
¿Cómo va a renunciar si su trabajo consiste en convencer a los demás de que lo inexplicable es un «logro de la Revolución»? Si lo echaran, tendrían que cerrar la fábrica de discursos vacíos, y eso, queridos, sería un golpe a la producción nacional.
Al final, el gobierno cubano jugó su carta maestra: sacrificar a Feitó para que todo cambiara… y que todo siguiera igual. Es el «ajuste cosmético», esa tradición revolucionaria donde el culpable siempre es el de abajo, nunca el sistema que lo parió.
Mientras, los demás siguen ahí, repartiendo carnés de «resistencia heroica» como si fueran medallas en un país donde hasta la paciencia tiene fecha de caducidad.
Así que no, no renunciaron. Porque en este teatro absurdo, el elenco es fijo, el guión no varía, y el público… bueno, el público ya ni aplaude. Solo observa, entre la incredulidad y el sarcasmo, cómo el mismo circo anuncia «función renovada» con los mismos payasos de siempre.