
Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter
Por Max Astudillo ()
La Habana.- En Cuba, los parques fotovoltaicos crecen como hongos después de la lluvia, pero no en las lomas peladas. No en los terrenos áridos donde no se siembra ni yuca ni malanga. Sino aquí al lado, pegados a los pueblos. En las tierras más fértiles, esas que antes daban plátanos y ahora dan sombra y placas de silicio.
Mientras en otros países los esconden en desiertos o montañas donde no joden a nadie, aquí los plantan donde primero se vean. Es como si fueran banderitas de progreso clavadas en el lomo de la agricultura que ya no existe.
Dicen que es energía limpia, pero nada es limpio cuando se hace a lo cubano, que es como decir: a lo bruto. Las placas solares no son inocentes. Para fabricarlas hace falta minería, químicos, combustibles fósiles, y al final de su vida útil se convierten en chatarra tóxica que nadie sabe cómo reciclar.
Además, ocupan espacio, mucho espacio. En Cuba ese espacio se lo roban al campo, a la tierra que ya no alimenta a la gente. Sin embargo, ahora alimenta la ilusión de que esto funciona.
Los que mandan aquí siempre eligen la opción más fácil, no la mejor. Poner un parque solar al lado de un pueblo es más barato. No hay que tender kilómetros de cables, no hay que limpiar maleza difícil, no hay que complicarse. Lo que sí hay que hacer es explicarle al campesino que su tierra ya no es suya. Ahora es del Estado, y lo que salía de ella ya no será comida. Será voltios para mantener encendido el aire acondicionado de algún ministerio.
Las energías renovables tienen su trampa. No contaminan mientras funcionan, pero su nacimiento y su muerte son sucios. Además, ocupan lo que no deberían ocupar. En otros países, esto lo saben, y por eso los esconden donde molesten menos. Sin embargo, Cuba no es otros países. Aquí lo importante no es hacerlo bien, sino hacerlo rápido, aunque sea a medias. Aunque sea mentira, aunque después haya que arrancarlo todo y volver a empezar.
Y mientras, las tierras buenas, esas que podrían llenar una mesa, se llenan de placas negras. Estas placas convierten la luz del sol en otra cosa que no es comida. Quizás sea energía limpia, pero el hambre no se limpia con kilovatios. El campo se muere, y nadie parece darse cuenta de que no hay progreso que valga si se hace sobre el hambre de la gente.
Al final, todo esto es otro parche, otro discurso, otro «avance» que huele a falso como el cemento fresco de los parques. Estos parques prometen futuro pero no dicen a qué cos
La energía solar podría ser una solución, pero en Cuba ni es solar ni es solución. Es solo otro negocio del poder, otra forma de disfrazar la miseria con tecnología. Así, entre placas y promesas, seguimos sin luz, pero sobre todo sin tierra.