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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Qué bonito debe ser eso. Mientras la gente hace colas interminables para comprar un pollo o busca leche para sus hijos en el mercado negro, el presidente y su corte de generales y burócratas se pasean por la Casa Central de las FAR, ese paraíso terrenal rehabilitado con dinero que nadie sabe bien de dónde salió, pero que todos sospechan.

¿Recursos nacionales, dicen? Claro, como si el país estuviera nadando en la abundancia y no al borde del precipicio. Qué oportuno es siempre el dinero cuando se trata de cuidar a los que empuñan las armas que sostienen el poder.

Se han rehabilitado áreas de playa, deportivas, culturales, el restaurante… Todo muy lindo, muy pintoresco. ¿Y las escuelas? ¿Y los hospitales? ¿Cuándo fue la última vez que se invirtió “con inteligencia y sistematicidad” en un consultorio médico o en una aula sin techos a punto de derrumbarse? Pero no, la prioridad es que los oficiales y jóvenes cadetes —esos que algún día serán la mano dura— tengan su lugar de esparcimiento impecable. Para que descansen de… ¿de qué, exactamente? ¿De garantizar que nada cambie?

Casi 100 mil personas en ocho meses. Trece mil oficiales y cadetes durante las vacaciones. Muchos niños, también. Qué entrañable. Niños que, por supuesto, no son los mismos que ven cómo sus padres se rompen la espalda por un salario que no alcanza ni para lo básico. Son los niños del sistema, los que pertenecen a la casta correcta, los que disfrutan de las playas privadas del poder mientras la mayoría se ahoga en la miseria de una isla que se cae a pedazos.

Una burbuja para privilegiados

Y todo esto, por supuesto, gracias a “la innovación de las empresas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias”. Ah, sí. GAESA. El monstruo económico que todo lo controla desde la sombra, dueño de hoteles, tiendas, importaciones… ¿Y ahora también de resorts de lujo para sus miembros? Qué curioso cómo el ejército, en vez de defender la nación, se ha convertido en un holding empresarial que no rinde cuentas a nadie. Un estado dentro del Estado. Un pulpo que todo lo agarra y nada suelta.

Pero el presidente elogia la belleza y el orden. Claro, es fácil encontrar belleza y orden cuando se usa el dinero público —o el de las arcas opacas de GAESA— para crear burbujas de privilegio en medio del caos generalizado. ¿Alguien ha visto tanta cohesión y aprovechamiento de recursos en un barrio cualquiera de La Habana? ¿O es que la inteligencia y la sistematicidad son virtudes que solo se aplican donde vive o se divierte la élite militar?

Al final, la noticia no es que hayan inaugurado -reinaugurado- un centro recreativo. La noticia es el descaro. Es la foto del poder enseñando sus dientes —y sus playas— sin pudor alguno. Para que quede claro: aquí hay dos Cubas. La que sufre y la que se baña en mar rehabilitado. La que no tiene futuro y la que se asegura el suyo a costa de los demás.

Y mientras tanto, el general sonríe, el presidente elogia, y el pueblo sigue esperando que algún día el “cuánto puede hacerse” se aplique también a su vida.

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