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Por Datos Históricos
La Habana.- En 1803, frente a la costa de Georgia, un grupo de 75 hombres y mujeres igbos tomó una decisión que estremeció al mar y a la memoria humana: morir libres antes que vivir encadenados.
La comunidad igbo era conocida por su espíritu rebelde. Los negreros temían su carácter indomable, pues se sabía que se enfrentaban a sus amos, que intentaban escapar y que incluso elegían la muerte antes que la esclavitud. Aquella vez, fueron embarcados rumbo a una plantación de arroz, famosa por su brutalidad. Bajo cubierta, apretados por las cadenas, comenzaron a cantar al unísono. Era más que un canto: era un juramento compartido.
Los marineros intentaron silenciarlos, pero no pudieron. Las voces se elevaron como un trueno colectivo, y en ese ritmo hallaron la fuerza para liberarse. Tomaron el control del barco. Sin embargo, no soñaban con regresar a África; sabían que estaban demasiado lejos. Su destino no sería una plantación, ni tampoco una fuga.
Los igbos eligieron al mar. Uno a uno, cantando “Orimiri Omambala bu anyi bia, Orimiri Omambala ka anyi ga ejina” (“El espíritu del agua de Omambala nos trajo aquí, el espíritu del agua de Omambala nos llevará de regreso”), se arrojaron a las aguas de Dunbar Creek. El océano los abrazó como último refugio.
Las crónicas de la época llamaron al hecho “El suicidio igbo de Igbo Landing”. Pero entre la diáspora africana, la historia no fue de muerte, sino de resistencia. Se decía que sus almas nunca se hundieron. Que en la quietud de la noche, todavía podía escucharse en los pantanos de Georgia aquel eco lejano:
“Orimiri… Orimiri…”
Un recordatorio eterno de que incluso encadenados, eligieron la libertad.