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La cena es solo un motivo

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Por Alberto Reyes Pías ()

Evangelio: Lucas 12, 13-21 (A propósito del XVIII Domingo del Tiempo Ordinario)

Camagüey.- Hace años, un amigo me invitó a una “cena de reencuentro” donde íbamos a reunirnos varios amigos que no nos habíamos visto desde hacía mucho tiempo.

La cena fue tan estupenda como cara, y la pagó el que nos había invitado. Ya solos, le comenté mi
apreciación sobre la factura. Su respuesta fue, para mí, una escuela. Me dijo: “No se trata de la cena, la cena es sólo un punto, se trata de habernos reencontrado, de lo que nos hemos contado, de lo que hemos revivido… Yo no iba a perderme esto por ahorrar dinero”.

Ya sabemos que la Biblia nunca condena el dinero ni los bienes materiales por sí mismos. Sólo
advierte, y mucho, de la obsesión por el dinero, y de centrar la vida en la búsqueda de bienes materiales.

En la parábola, el problema no es la gran cosecha sino la incapacidad de este hombre de pensar en los
demás. En su discurso usa 59 palabras, de las cuales, 45 se refieren al “yo” y a “lo mío”.

No menciona a su familia, a sus amigos, a sus vecinos, es como si hubiese un inmenso vacío a su alrededor, porque sólo mira al disfrute personal de su cosecha.

Es alguien que ha olvidado lo esencial.

Yo sé que las necesidades nos circundan, que la vida se ha vuelto muy dura y cada vez más exigente,
pero necesitamos hacer el esfuerzo para que la búsqueda de lo material no nos aleje de lo esencial.

La conexión con Dios

Porque lo primero que necesita un hijo es un padre y una madre, lo primero que necesita un esposo es a su esposa, y viceversa; lo primero que necesitan unos padres ancianos o enfermos es a sus hijos, lo primero que necesita un amigo es alguien que le ofrezca la certeza de que estará, en las buenas y en las malas; lo primero que necesita un vecino es a otro vecino cercano, confiable, solidario.

Y en todos y cada uno de los casos, para poder ser buen padre, buena madre, buen hijo, buen amigo, buen vecino, necesitamos a Dios, necesitamos mantenernos en conexión con Dios.

No nos engañemos, reservar tiempo para Dios así como saber “estar” con los que nos rodean, es un aprendizaje difícil, porque cada gestión material que hacemos es una promesa, es la ilusión de un logro,
logro que se consumirá muy rápido para dejar paso a otros logros posibles, y que pueden atraparnos de tal modo que nos pase como al hombre de la parábola: por lograr y lograr cosas, dejamos de mirar, de escuchar, de abrazar al que tenemos al lado, dejamos de “estar”, y eso significa, dejar de vivir.

Porque dejamos de “estar” con el hijo que un día hará su vida y ya no lo tendremos cerca, con el padre y la madre que un día partirán para siempre, con el amigo del alma que emigrará y que ya no estará
físicamente cerca nunca más…

Dejamos de “estar” con Dios, que sabemos que siempre nos acompañará, pero con el cual dejaremos de construir la vida, y la vida sin Dios no es más que un carro que no deja de acelerarse.

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