
Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter
Imagina un hospital del siglo XIX: pasillos impregnados por el olor a gangrena, operaciones que parecían exitosas, pero que terminaban en una lenta agonía por infección. Para muchos pacientes, sobrevivir al bisturí era apenas el inicio de una condena. Fue en este escenario oscuro donde Joseph Lister cambió la historia de la medicina.
Nacido en 1827, Lister no se conformó con aceptar la fatalidad de la sepsis. Observador meticuloso, quedó intrigado por las altísimas tasas de mortalidad tras las cirugías. Entonces conoció el trabajo de Louis Pasteur, quien había demostrado que los gérmenes invisibles eran responsables de la descomposición y la enfermedad.
La idea fue un relámpago en la mente de Lister: si los gérmenes podían echar a perder el vino, también podían matar en una sala de operaciones.
Su apuesta fue audaz. Comenzó a usar ácido carboxílico (fenol) para limpiar heridas, instrumental y hasta el aire del quirófano. En un tiempo en que los cirujanos se enorgullecían de operar con las manos desnudas y los bisturíes sin lavar, la propuesta parecía casi absurda. Sus colegas lo ridiculizaron, se quejaban del olor penetrante del fenol y del esfuerzo extra que implicaban sus métodos.
Pero los números hablaron más fuerte que las burlas. Donde antes la mortalidad tras amputaciones rozaba el 50 %, en las salas de Lister descendió a menos del 15 %. Cada vida salvada era un argumento imposible de refutar.
Con paciencia y convicción, Lister logró lo impensable: que la medicina abrazara la idea de la asepsia. Gracias a él, la cirugía dejó de ser una sentencia de muerte y se convirtió en una ciencia de precisión, donde la higiene se volvió la primera arma contra la enfermedad.
Hoy, cada mascarilla, cada guante estéril y cada bisturí desinfectado son herederos de aquel hombre que se atrevió a creer en lo invisible. Joseph Lister, el padre de la cirugía moderna, nos recordó que a veces el mayor enemigo no es el que vemos… sino el que aprendemos a imaginar.