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Por Luis Alberto Ramírez ()

Uno de los recursos más usados por el discurso oficialista en Cuba es la falsa equivalencia entre la nación y el régimen. Cada vez que alguien denuncia la represión, el estancamiento económico o el autoritarismo, surge la misma acusación: “Estás hablando mal de Cuba”. Pero eso es una manipulación.

Criticar un sistema político no es traicionar una patria. La nación cubana es mucho más que un grupo gobernante: es su gente, su cultura, su historia compartida. Decir que el castrismo es Cuba es como afirmar que Trump es Estados Unidos. Nadie en su sano juicio aceptaría tal simplificación.

Como dice la ironía popular: porque mi gato no caza ratones, no significa que todos los gatos sean amigos de los ratones. Esa falacia lógica busca descalificar cualquier crítica legítima al poder, escudándose en un supuesto patriotismo. Pero no hay contradicción entre amar a Cuba y denunciar los abusos de quienes la gobiernan.

Cuba no les pertenece. No es propiedad de ningún partido, ni de ningún apellido. Es de todos los cubanos, vivan donde vivan, piensen como piensen. Y por eso mismo, defender su libertad no solo es un derecho: es un deber moral. Asi que dejen ya de confundir, Cuba es Cuba y el castrismo su cáncer.

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