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Por Diana García ()
La Habana.- No celebro ni condeno por mandato. Nombrar el 11 de julio no debería ser tarea del poder ni del exilio. Ese día no fue la victoria del hambre ni la derrota del Moncada, fue la fractura de una narrativa, el instante en que muchos despertaron entre consignas que ya no abrigan y promesas que nunca llegaron. Fue el día en que el pueblo se miró a sí mismo y no supo si reconocerse o temerse.
Ni el odio importado ni el dogma doméstico pueden explicarlo todo. Algunos gritaron porque dolía. Otros callaron porque aprendieron que el silencio también convoca , hay quienes aún esperan una forma legítima de exigir sin ser arrastrados por la «lógica del combate.»
El 11 de julio no fue épico ni infame. Fue humano y por eso, insoportable para quienes necesitan mitos para gobernar o condenar.
El 11 de julio no cabe en la lógica dicotómica de “triunfo vs. derrota”, ni en la retórica del espectáculo político.
Hace falta que las narrativas se reciclen con consciencia, este es un pueblo que sufrió y sufre, es urgente narrar no desde el espectáculo y la obediencia ciega que no razona ,el sufrimiento no es una mercancía simbólica, este pueblo necesita VIVIR y que le dejen crear y participar de la vida política del país sin exclusiones.
Vivir es más que sobrevivir y que resistir a los límites impuestos.
Muchas decisiones se han tomado que solo castigan al pueblo.
La protesta social no es delito, es derecho.
La Constitución cubana reconoce el derecho de expresión y de reunión pacífica (artículo 54 y 56, respectivamente). Muchos de los encarcelados no cometieron actos violentos, sino que ejercieron estos derechos.
Criminalizar la voz ciudadana destruye la confianza pública.
Encerrar a quienes reclaman por salud, alimentos, libertad o futuro no solo castiga cuerpos, castiga esperanzas. Un país sin diálogo, sin escucha, se convierte en ceniza.
El miedo no se puede convertir en la política de un estado.
Hoy solo siento QUE CUBA DUELE por muchas razones sobre todo por los que aún, con todo su derecho, sueñan con un mejor país y esos sueños no se pueden perseguir como si fuera un crimen.