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Por Renay Chinea ()

—Tú no quieres a Cuba —me dijo, y me repitió con sus ojos en lágrimas.

—Ni tú ni tus amigos quieren a Cuba —y no dije nada. Y siguió sollozando y secando las lágrimas de sus ojos verdosos.

—¿Cómo puede ser? —se preguntaba y se respondía ante el muro gélido de mi silencio.

En mis días suizos, en Ginebra, yo deambulaba por la ciudad haciendo fotos y mirando y mirando cada detalle. Caminaba la ciudad como lo hacen los vagos: observando, escudriñando los más nimios detalles. Mirando de cierta forma, al mundo, por primera vez.

Creo haber visto, en un frontispicio alto del Boulevard James‑Fazy, cerca de la Estación, esa frase de Jean‑Jacques Rousseau, donde su padre le decía:

“Jean‑Jacques, (…) ama a tu país. ¿Ves a estos buenos ginebrinos? Todos son amigos, todos son hermanos; la alegría y la concordia reinan entre ellos. Eres ginebrino: verás un día otros pueblos; pero, aunque viajaras tanto como tu padre, nunca encontrarás algo igual.”

También había cosas que me daban bronca al caminar por la ciudad. “El próximo tren llegará en: 3 minutos” —decía el aviso en la parada— y yo no me lo podía creer. A los dos minutos 59, el tranvía estaba allí. Siempre allí. Tozudamente allí. Y así mil veces. ¿Usted se acuerda de las guaguas en Cuba?

Póngase a pensar, y dígame, como dicen los poetas de barrio: con el corazón en la mano: ¿cuál fue el tiempo más largo que esperó Ud. por una guagua en Cuba? ¿Cuántas veces esperó y esperó y esperó… y la guagua no pasó… o, peor: pasó y no le paró?

¿Cuántas veces fuiste a parar a otro lugar a donde no tenías que ir, pero ibas, porque una guagua iba hacia allí y tú querías solamente largarte a otro rincón del mismo infierno, pero no estar ya más allí?

Caminaba por Ginebra y la rabia me llevaba a pensar que había estado viviendo 30 años en una puñetera burla.

—¿Te recuerdas, con 20 años, haciendo una cola para entrar en aquellos antros de tiendecitas en dólares recién despenalizados por la esquina de M y 23… en donde hacían pasar primero a los extranjeros y después a ti, delante de ti… contra ti?

—Sí, lo recuerdo.

—¿Te recuerdas entrando por el aeropuerto José Martí, único en el mundo donde no hay prioridad para los nacionales y los funcionarios te miran con cara de chivo, y te tratan peor que a un chivo?

—Sí, lo recuerdo. Y recuerdo el destornillador eléctrico que le llevé a mi hermano: 4 horas me hicieron esperar en la Aduana para cobrármelo otra vez. Y recuerdo… ¡No! —las cajitas—. ¡Oh, las cajitas empotrables para chuchos eléctricos. Es la noche interminable como aquel cuento falaz. Esta se las tengo que contar:

Ella no. Ella no recuerda nada de esto. Ella ama a Cuba: país tropical. “Delicioso edén perfumado por sus flores… quien no ha visto sus primores ni vio luz, ni gozó bien”.

Hay en el trópico algo adorable. Hay, en el Caribe tropical, una magia en el paisaje, en el relieve, en la gente… y eso le cautiva.

Ella salió del sur del sur, vive en Europa y ahora escudriña el trópico. Y Cuba es su paraíso tropical. Un cepo carcelario donde nunca desparramó una lágrima. No la ve como la veo yo con mis ojos no verdosos. No la ve igual. No la ve.

Pero ahí está y llora, porque acaba de ver Patria y Vida, la película de Beatriz Luengo, Yotuel et al. Y la enternece la maldad. No se puede creer tanta maldad. ¿Por qué, si en todo el mundo hay maldad, hay más maldad en algunos lugares del mundo?

¿Qué determina el tamaño de nuestra maldad? No lo sé. Quizá lo determina el hecho de lo que tardan las guaguas.

—Nosotros los revolucionarios podemos hacer lo que nos dé la gana con sus cajitas plásticas… ¡Y más na’! —me dice un revolucionario jerifalte de Aduanas, que no conoce a Rousseau. Y se recuesta sobre su silla mugrienta, mientras enciende un Popular.

Se recuesta y me mira con altanería, mientras dos chorros de humo le salen de las toberas con pelos de su nariz. Tiene el cabello grasoso y descuidado, cutis que brilla… camisa sucia… y secretaria sumisa que huele a un perfume horroroso.

Rousseau sostuvo que la maldad nació con la propiedad: el primer hombre que estableció un cercado, estableció la maldad —dijo.

Y este cerdo, que jura derretirá mis cajitas plásticas para fabricar escobas… es el jefe de Aduanas, el director del cercado de la nación. Es la maldad. Maldad con grajo, con bigote amarillo, y secretaria sumisa. Y rencor.

A mí me dan unas ganas enormes de parar aquí mismo y no contar nada más. Hay cosas de las que uno no puede ni escribir: le estoy llamando cerdo a quien no es un cerdo… y uno siente que está siendo cruel: no hay la más mínima maldad en esos mansos animales.

Todo empezó el día en que quise arreglar la casa vieja de mi madre. Y sin la más mínima instrucción, con un amigo, los dedos porcelana de una novia pinareña y casi a mano limpia, hice la conexión eléctrica de la choza marcada donde pasó sus últimos días mi mamá.

Como no había nada, ni qué, ni dónde comprar, —oh, paisito mío, sin ferreterías— tuve que aprender a hacer las cajitas de empalme, reciclando culos de botellas plásticas.

Para que permanecieran firmes los empates, usé guata de colchón y algunos, con los años, se encendieron y echaban humo como nunca nadie vio jamás.

Años después, ya en España, llevé 25 cajitas plásticas para arreglarle a mi mamá aquel desastre de conexión!

En el aeropuerto de La Habana, donde pasan los turistas delante de ti, antes que tú, y contra ti… Antes de pronunciar un “bienvenido” o un “buenos días”… antes de sacudirte el polvo del camino, olvídate de la estatua de Bolívar: vas a llorar ante una pesa.

—Esto es miscelánea —dice la mano negra que recuenta.

—No… son cajitas para empalmes eléctricos.

—Sí, pero son más de 10. Y más de 10, son importación. Tenemos que dejarlas confiscadas.

—Pero son mías. Es más, son para arreglarle la casa a mi madre. No son para mí. —Tú, si quieres, maltrátame a mí, secuéstrame a mí.

Pero esas cajillas plásticas, son para…!

—Mire, compañero, esto se queda aquí… La cara negra me miraba sin compasión. Hay una complacencia en los ojos del Bull Dog, “lame la mano del amo”. La maldad es más severa allí donde la cara del perro guardián es más impersonal, más a‑empática.

¿Que ha pasado para que una falla insalvable se interponga entre mi país y yo? ¿Por qué las conjunciones de los astros no han ayudado a resanar el alma de nuestra nación?

¿Que hace que entre mi país y yo se abra un abismo paralizante? Yo tengo la respuesta: la maldad. La sin fondo, sin límites y desatada maldad de algunos cubanos contra otros cubanos. Y uno solo quiere, vivir y olvidar.

Dice la AI: La palabra empatía proviene del griego antiguo empátheia (ἐμπάθεια). Este término se compone de:
• em‑: una forma del prefijo en‑ que significa “dentro”.
• -pátheia: derivado de páthos (πάθος), que significa “sentimiento” o “pasión”.

Así, empátheia podría interpretarse como “sentir dentro” o “experimentar los sentimientos de otro”. Esta idea se ha mantenido a lo largo del tiempo, haciendo referencia a la capacidad de comprender y compartir las emociones de otras personas.

—… y si quiere reclamar, tiene que ir a reclamar a un edificio azul que… bla bla bla… está por la Plaza de —que palabreja— de la Revolución.

Hay en la Película Patria y Vida, un momento en que “el héroe”, escapa de la policía con unas esposas a medio poner. Y los vecinos, opuestos a los sabuesos, lo protegen. La escena tiene algo de cutre.

Antiguamente, las oposiciones binarias de la vieja escuela estructuralista se daban entre “Centro” y “Periferia”: rico‑pobre; negro‑blanco. Fue el filósofo del lenguaje Mijail Bajtín, quien introdujo el término de “carnavalización” para analizar las relaciones de oposición grotescas, desjerarquizadas, mundanas. Pero para comprender las dos Cubas no alcanza.

Cuando el héroe, Maikel Osorbo, un cantante contestatario, huye, alguien le da una bicicleta y puede escapar.

Antiguamente los héroes escapaban en helicópteros, lujosos aviones, trenes rápidos o como Louis de Funès en aquella vieja película de “Fantômas se décheîne” de 1965, en un Citroën DS 19 que saca irreverentemente unas alas y se echa a volar.

Maikel Osorbo huye a pie… y mejora la fuga en “Sí Mayor”, en una bicicleta que alguien le prestó. Por las calles destrozadas de un país en ruinas.

Es la cara misma de la desolación. Tras él, el rostro sudoroso y negro de un policía pobre persigue a un negro cimarrón.

En la película, también sale Celia Cruz. Mamá Celia. La cubana más grande desde esa trilogía que conforman Mariana, Marta Abreu y Doña Leonor.

De visita en la base naval de Guantánamo, la estrella se agacha a recoger un puñado de esa tierra, que para ella, es más sagrada que Jerusalén. Ni siquiera le permitieron ir al entierro de su madre.

Ayer murió la abuela que crió a Osorbo, quien finalmente lo condenaron a prisión. Tampoco le permitieron ir al sepelio. Hay un ensañamiento en la actitud del represor.

—¡Tú…, Uds., se han olvidado de Cuba…! —me decía llorosa con sus ojos verdones.

—Tienes razón: no es amor. Quise mentarle a Marti: es el rencor eterno a quien la ataca. Pero no me pareció justo no acudir a la mejor argentinidad:

—Es la memoria un gran don/ Cualidá muy meritoria/ Y aquellos que en esta historia/ Sospechen que les doy palo/ Piensen que olvidar lo malo También es tener memoria/… —dije, citando al Martín Fierro.

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