Guatemala despide a los médicos cubanos; el régimen despide el silencio

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Por Anette Espinosa

La Habana.- Ladictadura vuelve a hacer lo que mejor sabe: contar una historia a medias. El regreso del último grupo de médicos cubanos desde Guatemala es presentado como una despedida cargada de lágrimas, abrazos y agradecimientos. Todo gira alrededor de la vocación, el sacrificio y la solidaridad de los profesionales de la salud. Lo que nunca aparece en el reportaje es la otra cara de la moneda: ¿cuánto dinero ingresó el régimen durante estos 26 años?, ¿cuánto de ese dinero llegó realmente al bolsillo de quienes salvaron vidas lejos de sus familias? Esa parte, curiosamente, siempre desaparece del libreto.

Nadie pone en duda el compromiso de los médicos cubanos. Han trabajado durante décadas en condiciones difíciles, atendiendo a personas humildes y ganándose el respeto de miles de pacientes. El problema nunca han sido ellos. El problema ha sido un sistema que convirtió esa entrega en una de las principales fuentes de ingresos del Estado, mientras los verdaderos protagonistas recibían apenas una fracción de lo que pagaban los países receptores. La propaganda insiste en vender heroísmo, pero evita hablar del modelo económico que hay detrás de esas misiones.

Resulta llamativo que los testimonios hablen de las miles de cirugías realizadas y el cariño del pueblo guatemalteco, pero ni una sola palabra se dedique a las condiciones laborales de los colaboradores, las restricciones que enfrentaban o el control político al que muchos fueron sometidos durante sus misiones.

Tampoco se menciona que numerosos médicos decidieron abandonar esos programas en distintos países para buscar mejores oportunidades. Esas historias no caben en una nota de Prensa Latina porque desmontan el relato idílico que tanto interesa preservar.

Mientras los funcionarios organizan homenajes y discursos emotivos, la realidad dentro de Cuba sigue siendo devastadora. Hospitales con escasez de medicamentos, equipos médicos deteriorados, ambulancias que no aparecen y profesionales que sobreviven con salarios insuficientes. La paradoja resulta imposible de ignorar: durante años se exportó talento médico al mundo mientras el sistema de salud nacional se deterioraba hasta niveles alarmantes. El prestigio internacional de la medicina cubana terminó sosteniendo un modelo incapaz de garantizar condiciones dignas dentro de la propia isla.

El homenaje de despedida habría sido mucho más honesto si, además de los aplausos, hubiera incluido un reconocimiento a los derechos de esos médicos. Ellos merecen gratitud, sí, pero también transparencia, salarios justos y libertad para decidir dónde trabajar y bajo qué condiciones.

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