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La válvula y el general

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Esa mujer se llama Yaimara Ricardo Peña. Tiene cáncer de mama, metástasis ósea, camina con muletas y lleva tres meses en un hospital de Holguín, día y noche, al lado de la cama de su hijo. Su niño, operado de un tumor cerebral hace dos meses, espera. Espera una válvula de derivación Ventrículo Peritoneal de media presión.

Se trata de una pieza, un objeto, un tornillo con nombre complicado que es, literalmente, lo único que se interpone entre él y el tratamiento que necesita. Entre él y la vida, quizás.

La madre dice, con una claridad que corta como un cuchillo, que esa válvula existe, que llegó al país, pero que no se distribuye. ¿Dónde estarán? ¿En qué almacén polvoriento, en qué despacho con aire acondicionado, encima de qué mesa llena de papeles que no se leen? Mientras, un niño se pone más crítico cada día.

Y uno lee esto y se queda quieto. Se queda mirando la pantalla. Yaimara no se queja de los médicos, dice que son magníficos. Se queja de lo otro. De eso que todos saben pero que duele más cuando una vida que empieza pende de un hilo por la incompetencia, por la burocracia, por la cruel e incomprensible desidia de un sistema que prioriza otras cosas. ¿Qué cosas? ¿Qué puede ser más importante que un niño con un tumor cerebral esperando una válvula para no morirse?

Mientras, los militares…

Entonces, casi sin querer, uno recuerda la noticia de hace unos días. La del presidente y los generales paseándose por la Casa Central de las FAR, ese centro recreativo de lujo rehabilitado con todos los honores. Elogiando la belleza y el orden de las áreas de playa, el restaurante, las canchas. “Con inteligencia y sistematicidad”, dijeron. ¿Inteligencia y sistematicidad para qué? ¿Para que los oficiales jueguen al voleibol en la arena mientras una madre con cáncer ruega por una válvula que salve a su hijo? ¿Esa es la proporción, la escala de valores?

En la foto, Presidente, primer ministro y ministro de las FAR en la Casa Central de las FAR

¿Cuántas válvulas Ventrículo Peritoneal de media presión costaría el “proceso inversionista y de transformación” de ese resort militar? ¿Cien? ¿Mil? ¿Diez mil? Nunca lo sabremos. El dinero que se gasta en mantener contentos a los que portan las armas —y a sus familias— es opaco, intocable, sagrado. El dinero para las válvulas de los niños, en cambio, parece depender de la caridad, de la suerte, de que una madre enloquezca de desesperación y su grito, por milagro, se vuelva viral.

La madre de Holguín y las instancias

Ahí está el verdadero parte médico de la isla. En la contradicción obscena entre un complejo militar-turístico impecable, visitado por casi cien mil personas en ocho meses, y un hospital pediátrico donde un niño se muere esperando un repuesto. Entre la eficiencia brutal para construir resorts para la élite y la incapacidad total para distribuir una pieza médica vital que, insisten, ya está en el país.

¿En qué manos está ese país? ¿En las de quienes priorizan el confort de los suyos o en las de quienes luchan por salvar una vida con uñas y dientes, sin recursos?

La madre de Holguín pide ayuda a “todas las instancias”. Es el grito final de quien ya no sabe a dónde más acudir. Uno lee su mensaje y piensa en la frialdad de esa palabra: “instancias”. ¿Qué instancia responderá? ¿La misma que encontró recursos nacionales para rehabilitar áreas de playa, o la que deja que una válvula se pierda en el laberinto?

La vida de su hijo, y la credibilidad última de un sistema, dependen de esa respuesta. O de esa falta de respuesta. Que siempre es la más elocuente.

¿Donde queda aquella frase que le achacan al Che Guevara y que luce fuera el Calixto García? La recuerdan: «Vale más la vida de un solo ser humano que todas las propiedades del hombre más rico de la tierra». Ya sé: la dijo un asesino.

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