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El precio de no pensar

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Por René Fidel González García

Santiago de Cuba.- El subdesarrollo político en Cuba no es el resultado de la incapacidad de evitar la obsolescencia de un modelo de poder. Es el resultado de la instauración, inmutabilidad y glorificación de una tecnología política ineficiente, atrasada y costosa. Este sistema fue sistematizado y hasta hoy se ha mantenido y actualizado. Esto ha ocurrido a pesar de que existe la posibilidad real de desplegar otra tecnología superior para el encauzamiento de la vida política, social y económica.

Necesitamos recuperar la nación

El pensamiento político cubano no tiene que hacerse cargo de la falacia que exige a las víctimas de una situación permanente, actual y peligrosa de opresión, voluntad de diálogo con el agresor. Tampoco debe asumir aquella falacia que condiciona el ejercicio de derechos y libertades políticas de los ciudadanos cubanos a un contexto de relaciones e intereses geopolíticos distinto. Este contexto ha existido en los últimos sesenta años con los Estados Unidos de Norteamérica.

Por el contrario, al mismo tiempo que evite internarse y ralentizarse en zonas de coartadas políticas, pasarelas de narcisismo y expresiones empobrecidas del arribismo seudo intelectual o académico. Es fundamental que su tarea sea reconectar a la sociedad cubana con el grueso de su caudal. Debe conectar con la riqueza y validez de las nociones e ideas que gestionó e intentó ensayar en el pasado. También, debe proporcionar un puerto de llegada, comprensión y elección de las experiencias civilizatorias de las últimas oleadas de modernidad política. Esto incluye sus distintas prácticas, normas e instituciones.

Si la restauración del derecho de igualdad política y la abolición del sistema político de la exclusión son requerimientos mínimos de una hoja de ruta, para la democratización de la sociedad cubana. El pensamiento político que seamos capaces de producir tendrá que asumir también el desafío de proporcionar el instrumental crítico necesario. Este instrumento será necesario para corregir errores y precisar nuevas metas de emancipación y plenitud de los ciudadanos.

Es posible que deje de ser así, la criatura anodina y obsecuente, simplona y feroz. Esta criatura mutó en su relación periférica con el poder sin límites. Esta transformación ocurrió cuando dejó de ayudarnos a hacer lo primero y más importante que necesitábamos en Cuba: pensar.

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