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Niños nacen bajo peso en Cuba y el régimen no lo atribuye al hambre

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Por Redacción Nacional

La Habana.- En cualquier parte del mundo, el bajo peso al nacer es una señal de alerta para el sistema de salud. En Cuba, también. Pero aquí, la explicación oficial parece un catálogo de excusas que excluye el hambre como causa principal. Aunque en cada barrio, en cada consulta, las historias de madres desnutridas se repiten como un eco.

El dato es claro: este indicador continúa por encima de lo que debería ser normal. Sin embargo, la narrativa se empeña en buscar culpables en otros rincones.

Los especialistas citados por el discurso oficial mencionan causas como el embarazo en la adolescencia, el hábito de fumar, la hipertensión arterial o las infecciones vaginales. Todas son reales, sí, pero todas también conviven con un contexto donde conseguir un litro de leche es una hazaña. Además, una dieta balanceada para una embarazada es un lujo reservado a las familias con remesas o acceso al mercado negro. Esa parte, curiosamente, queda fuera del guion.

En la versión institucional, la prevención se concentra en controles médicos, consultas de seguimiento y, en casos más delicados, ingresos en Hogares Maternos. Las madres reciben orientaciones precisas para cuidar el embarazo: disciplina en las citas médicas, cumplir indicaciones y, sobre todo, alimentarse bien. El problema es que, entre la teoría y la realidad, hay una grieta profunda. No se puede lograr una buena nutrición cuando en la casa el plato llega casi vacío.

El aparato de salud pública insiste en que la prioridad es garantizar que los embarazos lleguen a término en condiciones óptimas. No obstante, en los barrios, las gestantes improvisan con lo que aparece: pan viejo, arroz sin proteína, caldos casi transparentes. Pocas pueden cumplir la dieta ideal que los manuales recomiendan. Esa contradicción no se menciona en los informes. Se prefiere hablar de otros factores y dejar el hambre como un tema invisible.

El hambre es la causa principal

Cada vez que un reporte oficial aborda el asunto, parece más un ejercicio de retórica que un análisis honesto. Se señalan problemas evitables, sí, pero siempre dentro de un marco donde el sistema aparece haciendo todo lo posible. También las carencias materiales parecen ajenas a su responsabilidad. Así, el discurso termina sonando como una defensa más de la narrativa de resistencia, en lugar de como una verdadera autocrítica.

En las consultas, médicos y enfermeras hacen lo que pueden. Pesan a las embarazadas, repiten las mismas recomendaciones, pero en los pasillos y en la sala de espera, las conversaciones entre madres revelan otra historia. Es la historia de la escasez, la búsqueda constante de alimentos y el ingenio para que el bebé reciba algo más que calorías vacías. Ninguna de esas voces entra en el parte oficial.

Mientras tanto, las cifras siguen siendo un recordatorio incómodo. La realidad está ahí, palpable en cada recién nacido con peso por debajo del promedio. Aunque los informes sigan enumerando factores de riesgo “alternativos”, en la memoria colectiva quedará la certeza de que la causa más grande se esconde detrás de una palabra que el discurso oficial evita: hambre.

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