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Las Tunas: entre la estética herida y el olvido oficial

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Por Redacción Nacional

Las Tunas.- La ciudad de Las Tunas no nació intacta. La historia la obligó a levantarse sobre sus propias cenizas. Durante las guerras de independencia la quemaron tres veces –1869, 1876 y 1897–, dejando como saldo una ciudad sin vestigios coloniales, obligada a reinventarse. Lo hizo, a comienzos del siglo XX, manteniendo trazos del pasado: portales, corredores, casas de mampostería con columnas y balaustradas. Esas ruinas reconstruidas sirvieron de cimiento para lo que hoy se conoce como el centro histórico tunero.

La arquitectura que define a Las Tunas no responde a una escuela estricta. Es un amasijo ordenado, un eclecticismo visible en unas 192 edificaciones catalogadas como patrimonio, todas ellas testigos de una ciudad que no supo ser uniforme. Aquí se mezclan neoclásico, art déco y racionalismo, en lo que algunos arquitectos locales denominan “estilo sin estilo”. El Museo Provincial, la Biblioteca José Martí y la Casa de la Cultura son los mejores ejemplos de este caos armónico, con columnas corintias, balaustres torneados y frisos de época.

El art déco también dejó su huella. El antiguo cine-teatro, ahora Teatro Tunas, muestra balconadas curvilíneas y líneas geométricas que remiten a los años dorados del diseño industrial. A su vez, el racionalismo impuso su lógica en edificios públicos como el Banco Popular, la sede municipal y viviendas construidas en repartos más recientes: estructuras funcionales, sin alarde, con muros de carga y techos planos. Allí donde el eclecticismo era ornamento, el racionalismo fue pura necesidad.

Una ciudad deteriorada

Pero no todo en Las Tunas es memoria histórica. En 2013, el arquitecto Domingo Alás Rosell diseñó la llamada Casa Insólita, una estructura que desafía la lógica del espacio. Con habitaciones inclinadas, suelos verticales y techos que parecen suelos, esta casa se convirtió en símbolo de rareza arquitectónica, justo en una ciudad donde lo insólito no siempre es sinónimo de innovación, sino de decadencia.

Porque si bien no hay reportes de colapsos masivos como en La Habana, Las Tunas exhibe su deterioro a plena luz. Monumentos oxidados, estatuas sin nombres, bustos cubiertos por maleza. Edificaciones con grietas, techos con filtraciones, estructuras vencidas por la humedad y la falta de mantenimiento. La desidia institucional actúa como agente corrosivo, mientras el patrimonio se va despintando, astillando, desmoronando.

A eso se suma la expansión urbana caótica. Repartos prefabricados, construcciones privadas sin criterio estético, balaustres plásticos y enchapes con aires de palacete improvisado. El llamado sistema Girón llenó la periferia de bloques repetidos, y la arquitectura popular, sin control técnico ni asesoría, añadió estridencias visuales que nada tienen que ver con la historia ni con el buen gusto.

Hoy, el centro histórico de Las Tunas –14 hectáreas en 33 manzanas– es una cápsula que encierra belleza y vulnerabilidad. Una joya a medio enterrar. Sin políticas de conservación claras, sin presupuesto para restauraciones urgentes, y con un entorno que amenaza con devorar su coherencia, Las Tunas camina en la cuerda floja entre la memoria y la ruina. No es solo una ciudad con casas viejas: es una ciudad que, como su historia, ha sido incendiada tres veces. Y todavía no ha sido del todo reconstruida.

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