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Tarde, mal y nunca

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Por Por Oscar Durán

Matanzas.- El 5 de agosto de 2022, el cielo se rompió sobre Matanzas. Un rayo cayó sobre uno de los tanques de combustible de la Base de Super Tanqueros. Hasta ahí, un fenómeno natural. Pero lo que vino después fue cualquier cosa, menos naturaleza. Un crimen.

En la madrugada del 6, la explosión sacudió más que el suelo matancero: sacudió las entrañas de un país cansado de improvisación. Diecisiete muertos. Algunos, apenas muchachos en edad de ser abrazados por sus madres. Jóvenes del Servicio Militar, lanzados al fuego como si fuesen trapos viejos, sin entrenamiento, sin casco, sin protección. Carne puesta al sacrificio.

El incendio devoró todo a su paso: metal, vidas, credibilidad. Mostró, con crudeza, la falta de recursos de un régimen que se gasta millones en hoteles a escasos kilómetros de ahí, pero no puede garantizar una manguera decente para sus bomberos. La emergencia fue enfrentada con lo que había… y lo que había era casi nada.

El dolor no le importa a la dictadura

La dictadura actuó como acostumbra: tarde, mal y nunca. Las órdenes llegaron de improviso, como quien escupe sobre el fuego. Nadie sabía bien qué hacer. Nadie quería asumir responsabilidades. Y los que tenían que apagar el infierno, lo hicieron sin saber siquiera cómo sostener una máscara antigás.

La tragedia no fue solo la explosión. Fue también la narrativa oficial: esa que llegó maquillada de heroísmo, de partes médicos censurados, de nombres omitidos y funerales en silencio. No hubo rendición de cuentas. No hubo ministro dimitido. No hubo rostro visible que dijera: “fallamos”.

Lo que hubo fue una ausencia ensordecedora. Las familias lloraron solas. El pueblo entendió, una vez más, que su dolor no importa. Que los muertos no duelen si son ajenos al poder. Que un muchacho del Servicio Militar es desechable, utilizable, reemplazable. Es un fósforo mojado.

Hoy, Matanzas, todavía huele a humo. No por los tanques calcinados, sino por la injusticia latente. Esa que arde en el pecho de las madres, que ronda las lápidas sin nombre, que grita en silencio desde las cenizas. El fuego del 5 de agosto no ha terminado. Sigue encendido, en la conciencia de un pueblo que no olvida.

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