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A la memoria de Lázaro Miranda (LAZ)

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Por Héctor Miranda (Tomado de Facebook)

Moscú.- Una tarde de 2000, Lázaro Miranda tocó la puerta de mi oficina y se sentó delante de mi buró. Fuera hacía un calor tremendo, pero en aquel rinconcito donde se hacían las cosas de la redacción de Deportes había buen clima. Allí se iba de vez en cuando para hablar de cualquier tema. Y para ir luego a merendar, porque en aquel periódico daban pan con tortilla y helado de merienda.

Él y Michel Contreras se pusieron a discutir de cualquier cosa, con LAZ, siempre a la defensiva, en medio del choteo constante del otro, que no le perdonaba una. Entre las bromas de Michel y el quite suyo, tomó una hoja y un bolígrafo y me hizo una caricatura que perdí después, unos años después, imperdonablemente.

Cuando terminé lo mío y él su caricatura, fuimos a lo de la merienda. La pantrista, una cincuentona de nombre Isabel Oliver, pero a la que todos llamaban Chavela, me preguntó, medio impertinente, por qué siempre llevaba «al negro ese» a merendar.

-Porque es mi hermano -le dije.

-¿Qué va a ser tu hermano? No quieras verme cara de boba…

Iba a decirle que sí, por lo de la cara. Pero le dije a LAZ que sacara su carnet y se lo mostrara.

-¿Viste? Somos hermanos por parte de padre.

Desde entonces, Chavela no preguntó más, y Miranda, como yo le decía, iba casi todas las tardes a hablar de pelota o de sóftbol a donde yo estaba. Y luego merendábamos.

En febrero de 2002, el Chino Campuzano amarró una serie de sóftbol contra los equipos de Moa. Hicimos el mejor equipo posible, o el de los más entusiastas, tomamos un avión, luego una guagua vieja y hasta Moa. Fueron cuatro juegos. El viaje, las borracheras de las noches y los rivales, salidos de empresas donde trabajaban miles de hombres jóvenes, facilitaron las palizas que nos dieron.

Para el primer día, yo era tercero y Miranda el séptimo (aclaro que él no tomaba nada con alcohol). Dio dos hits ese día y no hubo quien lo soportara en la noche. Se cuestionó las alineaciones, al manager, todo lo que se hacía. «¿Cómo yo, que soy el mejor bate, voy a ser séptimo y este tercero?», decía.

Tres juegos después le saqué 200 puntos y no mostró nunca más la hoja estadística.

Nuestras discusiones por el sóftbol no se terminaban nunca. Michel decía que había dos Miranda en el sóftbol, uno bueno y uno malo. Y él siempre decía que tenía mejor brazo, más fuerza y fildeaba mejor. Y yo le pedía que mostrara números, o que le preguntara a los jugadores a quién preferían. Era un debate de nunca acabar, en el que siempre salía perdiendo y eso lo calentaba.

En las redes era presa fácil de la claque, que lo cogía para sus cosas, con Michel siempre a la cabeza. Aunque nunca se ponía molesto, salvo cuando le decían que fuera a pintar Picapiedras, que no sabía hacer nada más.

En los últimos tiempos se dedicaba a correcciones ortográficas y gazapos en las redes. No le importaba de quién fuera la publicación, porque allá iba LAZ a alertar del error.

Era industrialista a morirse. El más industrialista que he conocido. Y podías decirle lo que quisieras, menos hablar mal de Industriales. Porque eso no lo soportaba. Ahí jamás levantaba bandera blanca, como hizo otras veces, como una vez en Matanzas, mientras se demoraba un almuerzo por las Cuevas de Bellamar y se dedicó a hacer una caricatura de cada uno de los integrantes del equipo -la Selección Habana- y a alguno no le sentó bien su gracia.

A Arzuaga le hizo dos dientes grandes y cuando vio que este se molestó, me dijo que hablara con él, que él hacía otra con la boca cerrada. Ese día se acojonó, pero Arzuaga estaba en modo broma, solo que LAZ no lo sabía.

Hace un par de horas, Ricardito, otro del sóftbol y otro de los que siempre estaban bromeando con él, me pasó un link. Nada más lo abrí, de solo ver la foto, supe que Miranda había muerto. Adán lo anunciaba en las redes. Y de pronto, vinieron a mi mente todas esas cosas que les cuento.

LAZ no era mi hermano de sangre, aunque tengo uno que se llama Lázaro Miranda, pero era una buena persona, un buen profesional, y un tipo con el que se pasaban buenos ratos. En el sóftbol no era bueno, pero él se lo creía y con eso bastaba.

Al final, eso del sóftbol es lo menos importante. Y yo solo quiero que estas líneas sirvan para recordar al amigo, al profesional, al buen padre y abuelo que nos acaba de dejar.

¡Qué descanse en paz, LAZ!

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