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Por Sergio Barbán Cardero ()
A mi abuelo Nino, que entregó sus tierras; mis tíos Wilson y Jusbel, que vendieron sus fincas; y a mi tío Chicho, que fue intervenido.
Miami.- Tras las expropiaciones impulsadas por la Ley de Reforma Agraria en Cuba, muchos campesinos medianos que quedaron con menos de cinco caballerías se vieron obligados. Esto ocurrió de forma directa o indirecta. Los campesinos tuvieron que vender o entregar sus tierras al Estado.
Aunque no fueron oficialmente intervenidos por exceder el límite legal, el nuevo escenario laboral y social les hizo inviable continuar la producción.
En las zonas cafetaleras, que es la realidad que mejor conozco por haber nacido allí, el golpe fue especialmente duro. Además, tengo familiares con tenencias de cafetales que vivieron esta situación.
Muchos pequeños y medianos productores se quedaron sin fuerza de trabajo. Sus antiguos jornaleros fueron absorbidos por las llamadas Granjas del Pueblo. Estas granjas se crearon sobre tierras confiscadas a los grandes propietarios. Los llamados «latifundistas», es decir, aquellos que poseían más de cinco caballerías, si mal no recuerdo.
Las condiciones laborales en estas granjas estatales eran sumamente atractivas, al menos en apariencia. Se ofrecía una muda de ropa cada tres meses, desayuno y almuerzo gratuitos diarios, y un jornal de 4.50 pesos. Esto equivalía a unos 4.50 dólares estadounidenses.
No se exigía productividad real; bastaba con la presencia diaria del trabajador para recibir el pago. Incluso había quienes pasaban los días durmiendo en la guardarraya, sin mayor presión ni control.
Estas condiciones, sumadas al discurso político de justicia social, provocaron un éxodo masivo del trabajo agrícola privado. Este éxodo fue hacia el sistema estatal. El resultado fue devastador para los pequeños caficultores quienes, aunque no eran latifundistas, dependían de una estructura laboral. Este sistema había funcionado durante décadas basado en el trabajo temporal y el jornal diario.
Con el tiempo, muchas fincas fueron abandonadas o vendidas al Estado. En una de las últimas cosechas que recuerdo, fue necesario llevar estudiantes universitarios desde La Habana. Esto se hizo para recoger el café ante la falta absoluta de mano de obra local.
Aquello fue una locura, costaba más su presencia que lo que producían. Ellos dormían en hamacas colgadas en barracones en ruinas. Los mismos que en su momento habían albergado a trabajadores haitianos que venían por temporadas a las zafras y cosechas.
La ruptura del tejido económico y social fue profunda. Lo que en teoría era una redistribución justa de la tierra, terminó destruyendo no solo la producción, sino también la dignidad de quienes habían vivido del fruto de su esfuerzo en esas lomas.
La centralización del trabajo agrícola estatal, lejos de empoderar al campesinado, lo despojó de sus medios de vida. Convirtió los campos en territorios improductivos dependientes de subsidios ideológicos.
NOTA: En la foto mi abuelo Nino en el secadero de café.