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Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Evarista ha muerto. O eso dicen. Pero en Cuba, donde los muertos a veces andan más vivos que los vivos, habrá que verlo. Porque si algo no se lleva el tiempo, ni la muerte, ni el apagón, ni siquiera la libreta de abastecimiento, es una mujer como ella.
Evarista —o mejor dicho, Aris Teresa Bruzos Núñez, que era su nombre de batalla civil— se fue este 27 de julio, dejando a su Calle Cuba entre Amargura y Esperanza. Pero no se vayan a creer que se fue del todo. No. Ella sigue ahí, en el grito de la vecina que corrige sin permiso, en la carcajada del que se ríe de sí mismo antes de que se rían de él, en el refrán que cae como un martillazo en plena sobremesa.
Nació en El Cobre, Santiago, en 1937. Fue maestra. No de esas que enseñan con PowerPoint y evaluaciones estandarizadas, sino de las que agarraban un problema de Matemática y lo convertían en una lección de vida. «A mí me mandaban a resolver los alborotos», decía. Y vaya si los resolvía.
Pero la historia no termina con su jubilación, como si la vida fuera solo un trámite laboral. No. A los 73 años, sin buscarlo, se convirtió en actriz. Grabó unos cuentos caseros para Los amigos de Pepito, y de pronto, sin maquillaje ni guión pulido, se coló en la tele cubana como quien entra a su propia casa. Así nació Evarista: la vecina que vendía piezas de Lada, recitaba a Martí, regañaba con ternura y soltaba frases que quedaban clavadas como estacas.
«Los valores no los trae el pollo por la libreta, mijo.»
«En esta cuadra no se bota la dignidad ni en tiempo de ciclón.»
No hacía falta más. No necesitaba disfraz, ni acento forzado, ni chistes de doble sentido. Ella era el sentido. Luis Silva, Pánfilo, contó que hasta el final quiso grabar, aunque ya no podía caminar. «Con ella no había que repetir escenas», dijo. Porque Evarista no actuaba: vivía.
Vivió como la mayoría: en Centro Habana, entre guaguas, colas y tejidos para los nietos. La fama no le subió la presión. Cuando la reconocían, sonreía. Si un niño le gritaba «¡Evarista, saluda a Pánfilo!», era feliz. Grabó sus últimas escenas sentada, porque el cuerpo ya no le daba, pero el alma seguía en pie.
Ahora que se fue, Cuba se queda sin su jefa de cuadra. Sin esa voz que equilibraba el humor y la conciencia, la crítica y el cariño. Pero no se preocupen. Evarista no se muere. Sigue en cada maestra que explica una ecuación en la bodega, en cada abuela que pone orden con un chancletazo moral, en cada cubano que ríe para no llorar y enseña sin darse cuenta.
O como diría Ruperto, con esa mezcla de tragedia y guapería que solo él sabe manejar: «¡Ay mi madre… la jefa se nos fue! Pero dejó la cátedra montada.»
Y así es. Porque las maestras como Evarista no mueren. Solo se adelantan. Para dar clase en otro lado.