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Por Robert Prat ()
Miami.- El béisbol es ese deporte que cada tanto te recuerda por qué sigue siendo el más hermoso del mundo. Porque cuando Nick Kurtz, un chico de 22 años que apenas lleva 66 juegos en Grandes Ligas, conectó su cuarto jonrón de la noche, el estadio entero –incluidos los aficionados de Houston– entendió que estaba viendo algo que no se repite.
Algo que solo pasa cuando el talento, la suerte y la locura del destino se alinean para crear una de esas noches que quedan grabadas en la historia. Cuatro jonrones. Seis hits. Diecinueve bases. Ocho carreras impulsadas. Y la sensación de que, quizás, estábamos ante el nacimiento de una estrella.
Kurtz no solo hizo lo que ningún novato había hecho antes –convertirse en el primero en la historia en conectar cuatro vuelacercas en un mismo partido–, sino que además lo hizo con la tranquilidad de un veterano.
Jonrón en la segunda, jonrón en la sexta, jonrón en la octava, jonrón en la novena. Y entre medias, un doble que por poco no sale y un sencillo, para completar una noche de 6-6.
Solo Shawn Green, en 2002, había logrado una hazaña similar. Pero Green no era un novato. Green no tenía 22 años. Green no llevaba apenas dos meses en las mayores. Kurtz, en cambio, debutó en abril, conectó su primer jonrón en mayo, y en julio ya está escribiendo su nombre en los libros de récords.
Lo más increíble no es la potencia –aunque claro, un tipo de 1,96 metros pegando pelotas de 126 metros da miedo–, sino la naturalidad con la que lo hizo. Jonrón contra el abridor, jonrón contra el relevista, jonrón contra el cerrador, y, para cerrar con broche de oro, jonrón contra un jardinero que terminó lanzando por pena ajena.
«Solo intentaba conectar la pelota», dijo después, como si lo suyo fuera algo normal. Pero no lo es. No es normal que un novato destroce así a los Astros. No es normal que alguien con menos de 70 juegos en su carrera ya esté siendo comparado con leyendas. Y, sobre todo, no es normal que una noche así parezca solo el principio.
Porque Kurtz no es un fenómeno de un día. Llegó al partido como el mejor bateador de julio en las mayores (.425 de promedio, 1.082 de slugging) y lo dejó con sus probabilidades de Novato del Año disparadas de -325 a -2500. Es decir: ya ni apuestas, es trámite.
Tiene 23 jonrones en 66 juegos, más que ningún otro novato en la historia de los Athletics desde Yoenis Céspedes. Y lo más aterrador: parece que esto no ha hecho más que empezar.
El béisbol es así. Un día te despiertas y un chico al que casi nadie conocía fuera de Wake Forest se convierte en leyenda en nueve entradas. Un día te das cuenta de que estás viendo a alguien que, dentro de veinte años, seguirán mencionando cuando hablen de noches imposibles.
Y lo mejor de todo es que Kurtz lo sabe. «Todavía se siente como un sueño», admitió. Pero no lo es. Es real. Tan real como los cuatro jonrones que volaron esa noche. Tan real como la sensación de que, tal vez, acabamos de ver el primer capítulo de algo enorme.
Así es este deporte. Así es la magia que nunca deja de sorprender. Porque el béisbol, cuando quiere, es capaz de convertir a un novato en un monstruo en una sola noche. Y de recordarnos que, en el fondo, seguimos aquí por esto: por las locuras que solo pasan cuando menos te lo esperas.