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Por Héctor Miranda ()
Carlos Alcaraz no juega al tenis. Lo reinventa, lo desmonta y lo vuelve a armar con una sonrisa mientras el rival –en este caso, un Cameron Norrie convertido en estatua– intenta entender qué demonios acaba de pasar.
Este martes, en la hierba sagrada de Wimbledon, el español no avanzó a semifinales: flotó. Le bastaron una hora y 41 minutos (6-2, 6-3, 6-3) para dejar claro que, cuando está inspirado, la pista es su teatro y la raqueta, una varita mágica.
Fue un partido sin suspense pero con arte. Norrie, último británico en pie y teórico héroe local, terminó mirando al cielo como buscando respuestas. ¿Cómo se combate a un tipo que saca como si tuviera GPS (70% de primeros servicios, 50 de 56 puntos ganados), firma 39 golpes ganadores –algunos con dejadas que hicieron gritar hasta al royal box– y encima se divierte más que un niño en un tobogán? Imposible.
Alcaraz empezó salvando cuatro bolas de break en su primer servicio, como calentando motores, y luego aceleró hasta convertir el partido en un monólogo con soundtrack de ovaciones.
Lo más aterrador (para sus rivales) es que ni siquiera sudó. El primer set fue un paseo (6-2 en 27 minutos, 16 ganadores y solo cinco errores).
El segundo, una demostración de variedad: derechas imposibles, voleas de manual y un break en el tercer juego que dejó a Norrie tan descolocado como si le hubieran cambiado la raqueta por un palo de escoba.
Para el tercero, Alcaraz ya jugaba en modo exhibición: un break en el sexto juego y ‘adiós, muy buenas’. El público, que llegó animando al local, terminó aplaudiendo al español como si fuera suyo. Hasta los jueces de línea sonreían.
Ahora viene Taylor Fritz, el estadounidense que sueña con romper el hechizo. Cabeza de serie nº5, semifinalista novato en Wimbledon y con un historial de 0-2 ante Alcaraz (incluido un baño en Miami 2023).
Fritz es rápido, tiene un saque potente y acaba de eliminar a Karen Khachanov, pero tiene un problema: el murciano está en modo «aquí no se pierde». Si sigue así, el título ya no es una meta: es una parada técnica en su ruta hacia la leyenda.