Por Hiram Caballero
“No le temo ni al hombre ni al diablo. Una .44 hace que las cosas sean justas entre mujeres débiles y hombres fuertes”. Eso decía Ellen Jack. Y lo decía en serio.
Nació en Inglaterra, en 1842. De niña, una gitana le vaticinó una vida llena de dolor y riqueza. La vida se encargó de cumplir cada palabra.
Cruzó el Atlántico. Se casó con un capitán. Tuvo hijos. Y los perdió. Todos. Uno a uno, arrancados por la escarlatina y la guerra. Cuando la muerte le robó incluso a su esposo, Ellen hizo lo que solo los espíritus indomables saben hacer: miró al oeste.
Se instaló en Colorado. Allí no encontró consuelo, pero sí propósito. Abrió una pensión, buscó plata y oro, y acabó descubriendo una veta que llamó “la Reina Negra”.
Fue entonces cuando los hombres comenzaron a llegar. Algunos querían su corazón. Otros, su mina. Y uno —Walsh— quiso todo: su amor y su fortuna. No consiguió ninguno.
El pico y la pistola
Ellen tenía dos cosas sagradas: su pico y su pistola. Y no dudaba en usar la segunda si el primero no era suficiente. La arrestaron más de una vez, pero siempre fue por defenderse. El oeste era brutal. Y ella no era menos.
Con el tiempo, se ganó un apodo que pocos podían llevar con tanto orgullo: “Capitán Jack”. En una postal de 1906, aparece con el ceño firme, el cabello blanco recogido y un revólver .44 entre las manos. No sonríe. No necesita hacerlo.
Porque esa mujer —sola, armada, endurecida por el dolor y el polvo de las minas— era un emblema de algo más grande: Que la ley no siempre estaba en los tribunales… Y que, a veces, la justicia la cargaba una mujer en su cinturón.
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