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Por Héctor Miranda (Tomado de su Facebook)
Moscú.- A principios de los años setenta se hicieron comunes en muchos lugares de Cuba los Carahatas, una especie de ómnibus diseñados específicamente para los ferrocarriles. El primero de ellos lo destinaron para cubrir el trayecto entre Quemado de Güines y la playa de Carahatas, a donde era imposible entrar por el terraplén en tiempos de muchas lluvias, porque se inundaba toda esa parte después del río Majá.
El día que iban a inaugurar la ruta entre Quemado y Palmarejo, yo, que apenas tendría cuatro años, me había alistado desde temprano, porque Zenaida, mi madrina, y Mama y Papo, sus padres y mis tíos abuelos, me iban a llevar a la fiesta inaugural.
Supuestamente, aquel vehículo iba a salir de la cabecera municipal a las siete de la noche, recogería a todo el que quisiera estar en la inauguración y luego los regresaría a sus casas.
Luego de esperar cuatro horas con la misma ansiedad que si hubiese ido a Cabo Cañaveral a ver salir un transbordador espacial, decidimos que era hora de dormir, que aquel motor, como le llamaban, no iba a pasar, y nos deshicimos de todo el andamiaje, que incluía ropas de estreno, y a la cama. No hicimos más que poner la cabeza en la almohada cuando sentimos un ruido creciente y minutos después pasó el vehículo camino a Palmarejo. ¡Qué frustración!
En realidad, aquel Carahatas hacía el trayecto desde Tronco de Palma, bajando por la loma de la Excavación hasta el enlace de Bernabé, y luego pasaba por todo el Culo del Perro hasta Palmarejo, y de ahí hacia Lomita. El coche que iba a Carahatas era el 00001, así con cuatro ceros, tal vez porque pensaron en hacer unos 10 mil. Pero el de Lomita era solo el 57, sin ceros delante.
Los lunes, a primera hora, viajaban en aquella especie de tranvía todos los que estudiaban en la cabecera municipal y estaban becados en el Concentrado, como le decían a la escuela Evelio Daniel, además de los que íbamos y veníamos cada día de la escuela, y decenas de personas que iban a gestiones o a trabajar, o los que pretendían comprar cualquier cosa -porque aún se podía comprar algo-, pero los fines de semana solo viajaban a pasear al pueblo los que se pasaban la semana trabajando en el campo o en sus casas.
Ahí vi por primera vez a Jacqueline Morales, la niña más linda que ojos humanos vieron hasta entonces. Y conocí a Pirolo, un medio loco que vivía con su hermana Carmita y su cuñado Pepe Pérez, a quien todos mortificaban todo el tiempo, mientras él le daba vueltas en la boca a un trozo de tabaco lleno de saliva, y lo sujetaba con un colmillo, el único que le quedaba por entonces.
Aquel trencito tenía tres hileras de asientos, de alante a atrás. Dos pegadas a las paredes, y una en el medio. Pirolo montaba en Lomita, en la primera parada de regreso a Quemado, pero le gustaba el asiento del medio, porque eso de prestarse para las bromas, le cuadraba. Que la gente le tocara la cabeza, le tumbara el sombrero… (Por cierto, Pirolo fue protagonista de la primer escena porno que vi en mi vida: una mañana mi padre me pidió que fuera a lo de Rabuja Franco a recoger unos frijoles que habían cosechado antes, llegué a la casa y como no había nadie, seguí hasta los sembradíos. Y allí, mientras Pirolo guataqueaba yuca, una chica le hacía sexo oral, en medio de un surco, sin detener ninguno sus labores… sin más comentarios).
Los fines de semana, casi siempre los domingos, también iban a pasear a Sagua o a Quemado -porque visitar a las familias era pasear en aquellos campos- Carito Castro y su esposa Gudelia.
Carito no era un guajiro común, o por lo menos no lo demostraba. Llevaba en sus manos, en cada dedo anular, dos grandes sortijas. Una de ellas con un aguamarina preciosa, y en la otra una aún más grande, con un escandaloso rubí. Era un hombre alto, de espaldas anchas y músculos poderosos. Sus manos y su cuello solo cedían a los de Alfredito Morales, el padre de Jacqueline.
Carito usaba camisas impecablemente planchadas, con varios bolígrafos en los bolsillos, al más puro estilo Blas Roca, y cuando reía, mostraba un molar de oro. Pero reía poco Carito, a quien su esposa Gudelia, no menos refinada y elegante, le decía Gerardo, siempre con un respeto total, como si en lugar de dirigirse al esposo, tratara a un César o a otro emperador.
Para todos los guajiros aquellos, Carito Castro era un hombre de dinero, un tipo pudiente que no tenía hijos, y que disfrutaba la vida. A mí siempre me decía Mirandita, y me pasaba la mano por la cabeza como único saludo. Y yo hablaba con él y no le miraba a la cara. Le tenía mucho respeto.
Una tarde, de regreso de Quemado, en el viaje de las 5.10, Carito y su esposa se sentaron en uno de los asientos del medio, porque los de la orilla estaban llenos. Pirolo sí iba pegado a la ventana y constantemente sacaba la cabeza para darle una chupada al tabaco. Los que iban detrás, menos Carito, le tocaban las orejas, le movían el sombrero de guano que llevaba, o le daban algún golpe. El loco Pirolo se fue calentando y las bromas subieron el tono, y ya no era simples toques.
En una de esas, alguien le pegó duro a Pirolo, que se viró y solo vio detrás a Carito, serio, incólume, impasible, solo que cuando Pirolo lo miró se había acabado de acomodar unos espejuelos oscuros de borde dorado que llevaba. Pirolo pensó que Carito lo había golpeado, echó la mano para atrás y lo golpeó con todas sus fuerzas en la oreja.
Los espejuelos saltaron por los aires, Carito se quedó helado, mientras los colores le subían y le bajaban y Gudelia le decía bajito: «No lo mates, Gerardo. No lo mates».
Aquellas palabras, casi susurradas, se escucharon con total claridad, porque hubo unos segundos de silencio absoluto. Pirolo lanzó el trozo de tabaco lleno de saliva por la ventana y por un momento muchos pensaron que se iba a lanzar tras él. Yo sentí por primera vez pena ajena.