BOMBEROS

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Por Rafael Muñoz ()
Berlín.- La prensa se llena de palabras de alabanzas a las víctimas. Dicen que no le cabía el corazón dentro del pecho a los rescatistas que perdieron la vida en el derrumbe más reciente en La Habana.
No hacen mención del estado de los edificios ni por qué vivían personas allí en esas condiciones. Era solo cuestión de tiempo hasta que ocurriera la desgracia. Mucho menos se preguntan por qué no se pusieron en práctica medidas de seguridad que aseguraran la estructura antes de enviar a los rescatistas al interior del edificio.
Adulan su valor cuando cometen un acto temerario, totalmente innecesario. Ser bombero en Cuba se está convirtiendo en una profesión kamikaze. No son accidentes, no es el destino, es la poca asignación de recursos para dotarlos de equipamiento y entrenamiento para tomar las decisiones correctas. Y es sobre todo, el caso omiso a las normas de seguridad. Los héroes y mártires sólo se ven bien en las películas. A nadie con dos dedos de frente se le ocurre entrar en una estructura colapsada y aún cuando la desesperación por problemas personales haga poner en riesgo la vida propia, la cadena de mando, los oficiales al mando están ahí para velar por la seguridad de sus hombres.
Se ha convertido en una regla, la muerte de rescatistas y bomberos en Cuba. En cualquier lugar del mundo es la excepción. Por ejemplo, no tengo noticia de que algún rescatista haya muerto rescatando personas en Turquía tras el terremoto de este año. Y había allí cientos de rescatistas llegados de decenas de países a una zona desbastada más grande que La Habana, con miles de personas bajo los escombros y la tierra temblando a cada rato.
Entonces, algo estamos haciendo mal en Cuba. O quizás todo.
La falta de recursos no puede ser la excusa para que sigan muriendo bomberos en actividades propias de su labor.
En la isla hay recursos suficientes para evitar esas muertes. ¿Dónde? Baste multiplicar los 165 mil dólares que cuesta construir una habitación hotelera en Cuba (datos oficiales aportados por el gobierno cubano) por las 655 habitaciones de la torre K y obtendremos 93 millones de dólares. Y la torre K no es el único hotel construido en la isla desde la pandemia.
Las opciones son las siguientes:
— Invertir millones en hoteles que darán ganancias en un futuro lejano, si Dios y las circunstancias lo permiten.
— Equipar a todos los bomberos y rescatistas de Cuba del equipamiento necesario para asegurar una estructura ANTES de entrar en ella, sin poner en riesgo innecesariamente sus vidas. Darles el entrenamiento adecuado para que no comentan tales errores.
— Invertir esos recursos en viviendas sociales para elevar el nivel de vida de la población y evitar muertes innecesarias.
No sé cuál sea la mejor opción, pero viendo la realidad, el gobierno cubano ya ha tomado su decisión. Solo nos queda adivinar cuándo, dónde y quien será la próxima víctima.
La suerte está echada.
— Antes de que alguien diga que en las torres gemelas de Nueva York murieron bomberos y rescatistas, baste recordar que aquellos eran dos edificios de 110 plantas y más de 400 metros de altura cada uno, que colapsaron en menos de media hora.
En La Habana cayó un edificio de tres pisos y menos de 20 metros de altura abandonado a su suerte durante décadas. Y hay cientos que podrían caer mañana mismo.