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title: Y yo estuve allí, lo más cerca que he estado de un santo
date: 2026-10-22T20:46:52Z
modified: 2026-10-22T20:46:52Z
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featured_image_alt: En la foto, Juan Pablo II durante su homilía en la Plaza de la Revolución
author: Redacción
timestamp: 2026-10-22T20:46:52Z
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Por Nelson de la Rosa ()

Santo Domingo.- Celebrar hoy, 22 de octubre, la vida de San Juan Pablo II es celebrar la historia de un hombre que a muchos cubanos nos cambió la nuestra.

Y yo estuve allí. Con un saco que me quedaba grande y unos zapatos que me apretaban los pies. Habían pasado 28 años desde mi bautismo en San José de las Lajas y, aquel 25 de enero de 1998, estaba en La Habana, en una Plaza de la Revolución que por unas horas parecía recuperar su nombre original: Plaza Cívica José Martí.

Al fondo podía contemplar una enorme imagen del Sagrado Corazón de Jesús, muy parecida a aquella que muchos habían retirado de las salas de sus casas para colocar, en su lugar, la imagen de un ídolo con nombre y apellidos. Ahora, el Sagrado Corazón cubría la fachada de la Biblioteca Nacional.

Y entonces lo vi entrar, mientras cantábamos: “Dichoso el mensajero que trae la paz”.

Minutos después, mientras subía los peldaños de aquella escalera alfombrada para proclamar la primera lectura, con el corazón latiéndome a toda velocidad, lo tuve frente a mí.

Recuerdo sus zapatos. Eran unos mocasines marrones. Tiempo después conocería el simbolismo de los tradicionales zapatos rojos de los pontífices, asociados a la sangre de Cristo y de los mártires. Pero aquella mañana lo que tenía delante era mucho más que unos zapatos: eran los pies de un hombre que había recorrido el mundo anunciando a Jesucristo.

Allí estaba. Anciano, sí, pero lleno del Espíritu. Con la saliva escapándosele de la boca, pero con una fuerza en la Palabra que parecía capaz de estremecer hasta las piedras de aquella plaza.

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## Una bendición

¡Qué bendición haber escuchado en vivo aquella homilía!

Porque aquello no fue simplemente un discurso. Fue un diálogo valiente, vibrante e inolvidable entre Juan Pablo II y un pueblo que necesitaba escuchar hablar de libertad.

Mientras el Pontífice, que antes de ser Papa había sido Karol Wojtyła, un niño que conoció la orfandad, un joven que padeció el horror de la ocupación nazi y un sacerdote que vivió bajo la opresión del régimen comunista en Polonia, hablaba de la dignidad humana, de los derechos de la persona y de la libertad de conciencia, algo comenzó a estremecerse entre la multitud.

Nos recordaba que un Estado moderno no podía imponer el ateísmo ni la religión como ordenamiento político y que la libertad de conciencia era fundamento de los demás derechos humanos. Y entonces ocurrió.

Miles de voces comenzaron a repetir un grito que todavía puedo escuchar: “¡El Papa, libre, nos quiere a todos libres!”

No estaba escrito en el programa. No formaba parte de la liturgia. Era el clamor de un pueblo que aprovechaba aquel instante para decir, delante del mundo, lo que llevaba demasiado tiempo guardado. Y lo vi.

Vi cómo Juan Pablo II interrumpió su lectura, levantó la mirada hacia la multitud y respondió con aquella serenidad y firmeza que lo caracterizaban: “Sí, libres con esa libertad para la que Cristo los ha liberado”.

¡Qué momento!

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## Una dimensión profundamente humana

Aquella respuesta no fue una consigna política. Fue una proclamación del Evangelio que, en aquella Cuba de enero de 1998, adquiría una dimensión profundamente humana.

Era el mismo hombre que había recorrido el mundo repitiendo su llamado a no tener miedo. Y allí, frente a nosotros, parecía recordarnos que la libertad comenzaba también por vencer el miedo que llevábamos dentro. Y algo cambió aquel día.

No cambió de golpe la realidad de Cuba. No desaparecieron las dificultades ni se abrieron todas las puertas. Pero aquel anciano nos despertó algo que muchos creíamos dormido: la esperanza.

Después llegaron a Cuba Benedicto XVI y Francisco. Sus visitas tuvieron también su importancia y su significado. Pero, al menos para mí, nunca fue lo mismo.

Porque hay experiencias que no se repiten. Hay palabras que uno escucha una sola vez y se quedan para siempre. Y hay personas que pasan por nuestra historia y consiguen que ya no volvamos a mirarla de la misma manera.

Por eso, celebrar hoy a San Juan Pablo II es celebrar la vida de un hombre que hizo del seguimiento de Jesús su manera de vivir; un hombre que para muchos cubanos se convirtió, aquel enero de 1998, en un auténtico mensajero de la esperanza.

Y yo estuve allí. Lo más cerca que he estado de un santo.

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