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title: Valledupar, una ciudad donde las historias también se cantan
date: 2026-10-15T18:11:36Z
modified: 2026-10-15T18:11:36Z
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excerpt: "Valledupar: más que una ciudad, un sentimiento. Descubre sus historias, su música vallenata y la calidez de su gente en un viaje inolvidable."
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author: Redacción
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Por Nelson de la Rosa (Especial para El Vigía de Cuba)

## La llegada y el encuentro con la ciudad

Santo Domingo.- No fue un día cualquiera. Fue un día especial. Más que un martes 13 de octubre, fue el día en que conocí Valledupar o, para decirlo mejor, la ciudad asentada en el valle del cacique Upar. Pero me faltó tiempo.

Fueron apenas unas horas, las que mediaban entre la conclusión del Retiro Comunitario de las Casas de la Comunidad Siervos de Cristo Vivo y el momento de tomar un vuelo de regreso a República Dominicana, con escala en la alta y fresca Bogotá, donde también tengo compañeros de camino… y el Minuto de Dios.

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Y no era el único «extranjero». Me acompañaba Belkis, mi hermana de comunidad, una dominicana que había aprendido desde pequeña a escuchar y querer la música vallenata gracias a su madre, gran admiradora de Diomedes Díaz. Para ella, conocer Valledupar tenía un significado especial, y lo fui descubriendo a lo largo del día, porque cada canción o referencia al Cacique de La Junta terminaba llevándola a algún recuerdo de su mamá.

Ese día, especialmente en la mañana, tuvimos la fortuna de contar con tres acompañantes de lujo: Mónica, Meche y Viviano, quienes compartieron con nosotros buena parte del recorrido. Pero fue Mónica, que más que hermana de comunidad se convirtió en nuestra guía, quien nos fue descubriendo las historias de la ciudad. Las conoce porque las escuchó de sus abuelos, de sus padres y porque muchas de ellas también forman parte de su propia vida.

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Un desayuno típico marcó el comienzo del recorrido por esta ciudad fundada en 1550, donde la ausencia de grandes concentraciones de edificios altos todavía permite disfrutar del azul del cielo y contemplar la Sierra Nevada en el horizonte. Desde allí nos encaminamos hacia la Plaza Alfonso López, mucho más que un parque grande. Es el lugar donde convergen buena parte de las historias de Valledupar, reflejadas en las edificaciones que la rodean y hasta en sus pisos.

No es una plaza cualquiera. Llegar a ella es como comenzar a escuchar, sin que nadie haya puesto música, esas melodías que contagian y enamoran. Quizás porque allí mismo comenzó, en 1968, el Festival de la Leyenda Vallenata, una celebración que terminó llevando el nombre de Valledupar a numerosos rincones del mundo.

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Y fue entonces cuando Mónica nos habló de una mujer extraordinaria: Consuelo Araújo Noguera, a quien todos recuerdan como La Cacica. Sin ella sería difícil imaginar el Festival tal como lo conocemos. Periodista, escritora y gestora cultural, fue una de sus principales impulsoras. Su vida terminó trágicamente en 2001, cuando fue secuestrada y asesinada por las FARC, pero su legado permanece en una ciudad que sigue reconociendo cuánto hizo por sus tradiciones.

## Compae Chipuco y la memoria musical

Valledupar, donde en cualquier lugar te ofrecen «un tinto», que no es otra cosa que un café, también guarda un espacio especial para personajes humildes que, sin proponérselo, terminaron formando parte de su historia. Uno de ellos fue Antonio Guerra Bullones, conocido popularmente como Compae Chipuco, un hombre que recorría las calles llevando agua en recipientes llamados calambucos, transportados sobre un burro.

Nos contó Mónica que el movimiento del agua producía un sonido parecido a «chi-pu-co», que él mismo imitaba y que terminó dando origen a su curioso apodo. Más tarde acabaría convertido en personaje de una canción vallenata, sin imaginar siquiera que, tantos años después, alguien llegaría de otro país y se interesaría por conocer su historia.

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Y es que hay un bar restaurante que lleva su nombre. Entrar a Compae Chipuco es encontrarse con buena parte de la memoria musical de Valledupar. Sus paredes están llenas de fotografías de cantantes, compositores y personajes vinculados al vallenato. Cada imagen invita a detenerse, mirar y preguntar quiénes son aquellos rostros y qué lugar ocupan en la historia de esta tierra.

Allí supe lo que eran el pilonero y la pilonera, figuras que recuerdan una de las tradiciones más representativas de la región. También encontré una fotografía y una camisa de Juan Gabriel y, entre imágenes de Diomedes Díaz, Jorge Oñate, Leandro Díaz, Alejandro Durán, Jorge Celedón, Gustavo Gutiérrez, Alfredo Gutiérrez y Rafael Orozco, descubrí fotografías de niños vallenatos que, en 1999, llevaron su música hasta la Casa Blanca y fueron recibidos por el entonces presidente estadounidense Bill Clinton.

Fue precisamente entre aquellas fotografías donde volvió a aparecer la historia de Belkis y su madre. Para mí, aquellos rostros eran parte de una cultura que apenas comenzaba a conocer de cerca; para ella, muchos tenían el sonido familiar de las canciones que había escuchado durante años. Y, naturalmente, cada referencia a Diomedes Díaz era una oportunidad para recordar a su mamá. Me resultó hermoso comprobar cómo una música nacida en esta región colombiana había conseguido echar raíces en un hogar dominicano.

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El sitio de Compae Chipuco también me hizo recordar que ya he vivido bastante. Allí pude ver radiograbadoras de doble casetera, radios con muebles de madera, una máquina de coser Singer, teléfonos de pared y una máquina de escribir Underwood. Objetos que hoy se exhiben como recuerdos de una época y que para mí fueron parte de la vida cotidiana.

También conocimos la Iglesia de la Inmaculada Concepción, situada frente a la plaza. El antiguo templo, donde se casó Mónica, recuerda la presencia de la fe católica en la vida de generaciones de vallenatos y nos acerca a las devociones al Santo Ecce Homo y a la Virgen del Rosario, que han acompañado durante siglos a los habitantes de esta región.

Un agua de coco nos refrescó mientras recorríamos los establecimientos de artesanía, donde encontramos tejidos, morrales y mochilas elaborados a mano por integrantes de los pueblos indígenas arhuaco y kankuamo, utilizando materiales como lana de oveja y fibras vegetales. Y, por supuesto, resultaba difícil pasar por aquellos lugares sin detenerse a buscar algún recuerdo.

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## El aguacero, la catedral y el río

También hubo que cambiar dólares por pesos colombianos. Lo que aparentemente podía resolverse en unos minutos con un cambista de la calle, en un establecimiento autorizado requería llenar un formulario con nombre, identificación, información sobre vínculos con funcionarios políticos, procedencia del dinero y otros detalles. Seguramente existen razones justificadas para tantos requisitos, pero aquello nos hizo perder unos minutos preciosos de nuestro corto recorrido.

Y entonces llegó un soberano aguacero. Mónica consiguió, como dicen por allá, «de papayita», un Uber que nos llevara hasta donde habíamos dejado su vehículo. Así llegamos a casa de Meche, donde nos esperaba un delicioso sancocho de costilla, acompañado de queso, jugo de panela y bollos de mazorca, parecidos a los tamales cubanos. Después de una mañana recorriendo la ciudad, aquel almuerzo fue mucho más que una parada para comer. Fue otro momento para disfrutar de esa hospitalidad que nos hizo sentir como en familia.

Como la lluvia finalmente nos dio un respiro, no podíamos marcharnos sin conocer la Catedral del Santo Ecce Homo, un templo de arquitectura moderna, muy diferente a las antiguas iglesias que habíamos visto alrededor de la Plaza Alfonso López. Su amplitud, con capacidad para más de tres mil personas, ofrece otra imagen de la presencia de la Iglesia en la ciudad. Allí, el párroco, amigo de nuestra Comunidad, nos recibió y ofreció un recorrido que incluyó hasta los espacios destinados a los servicios funerarios con que cuenta el complejo.

Y claro, antes de caer la tarde tampoco podíamos dejar de acercarnos al río Guatapurí, con su historia de la Sirena de Hurtado. Cuenta la leyenda que una joven, desobedeciendo las advertencias de su madre, se fue a bañar al río durante un Viernes Santo y terminó convertida en sirena. Una de esas historias donde se mezclan las creencias religiosas, la imaginación popular y las enseñanzas transmitidas de generación en generación.

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Si algo llama la atención en Valledupar es que la música no permanece solamente en las emisoras, los festivales o las reuniones familiares. También está presente en sus calles, parques y monumentos.

Así, entre las luces del atardecer, fuimos encontrando esculturas dedicadas a las tradiciones y símbolos de esta tierra. La Pilonera, con su movimiento y alegría, recuerda una danza del Festival de la Leyenda Vallenata. También encontramos a Carlos Vives sobre su bicicleta, el monumento Mi pedazo de acordeón, inspirado en la música de Alejo Durán, y las referencias a La Provincia, la agrupación con la que Carlos Vives llevó el vallenato a nuevos escenarios internacionales.

## La despedida y el legado

Y mientras Mónica nos contaba las historias de una ciudad que conoce desde niña, Belkis encontraba nuevas razones para recordar las canciones que su madre le había enseñado a querer en República Dominicana.

Valledupar no necesita mostrar grandes monumentos para contar su historia. Le basta una plaza, una casa antigua, una fotografía, una canción o el recuerdo de un hombre que llevaba agua sobre un burro para despertar la curiosidad de quien la visita. El vallenato no es solamente una música que se escucha o se baila. Es también una manera de contar la vida y mantener presentes a quienes ya no están.

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Después de visitar Valledupar, uno termina comprendiendo que allí las historias no solamente se cuentan. Muchas veces, también se cantan.

Quizás por eso, las dos horas y quince minutos de vuelo entre Bogotá y Santo Domingo me resultaron insuficientes para escuchar a Diomedes Díaz, Silvestre Dangond y Jorge Oñate. Tanto fue así que, mientras esperaba la maleta, todavía tarareaba aquel pegajoso estribillo de Plan B, «y la tengo de un tirito y cae», para luego, en el autobús rumbo a casa, volver a escuchar otra canción que me llevaba de regreso a los paisajes y recuerdos que acababa de dejar, con su invitación a seguir queriendo y a llenar de cariño los amaneceres del Valle.

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Eso sí, después de tantas historias, canciones, monumentos y lugares conocidos, me quedó una certeza: lo mejor de Valledupar sigue siendo su gente.

Gracias por hacernos sentir como en casa y por ofrecernos mucho más que un paseo. Porque cuando uno conoce una ciudad de la mano de personas que la quieren, termina llevándose algo de ella en el corazón.

No fue un día cualquiera. Fue un día especial. Pero me faltó tiempo.

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