
Una feria agropecuaria donde comprar se convierte en un lujo
Por Yeison Derulo
Amancio, Las Tunas.- La tradicional feria comercial agropecuaria de Amancio, en el sur de Las Tunas, continúa este sábado con una propuesta que, en principio, merece reconocimiento: acercar los productos agrícolas al centro urbano y facilitar el acceso de la población a alimentos de primera necesidad.
Sin embargo, una iniciativa de esta naturaleza pierde buena parte de su sentido cuando los precios terminan convirtiéndose en una barrera para los propios consumidores. Tener los productos cerca no significa necesariamente tener la posibilidad de comprarlos.
El principal problema está en las tarifas que exhiben algunos vendedores, totalmente desconectadas de la realidad económica de los amancieros. El paquete de machuelo, uno de los productos más demandados por la población, pasó de 100 a 270 pesos de un sábado para otro. La bolsa de arroz ya ronda los 1 100 pesos y un mazo de cebolla alcanza los 1 000.
Estamos hablando de cifras que representan una verdadera pesadilla para cualquier trabajador que dependa de un salario estatal y, mucho más, para un jubilado que apenas consigue sobrevivir con su pensión.
Lo preocupante es que estos incrementos parecen avanzar sin que exista una explicación convincente para quienes tienen que sacar el dinero del bolsillo. Una feria agropecuaria no puede convertirse en un escaparate de productos cuyos precios resultan prohibitivos para la mayoría.
Si un ciudadano necesita destinar buena parte de sus ingresos a comprar un paquete de machuelo o una bolsa de arroz, algo está funcionando muy mal. La comercialización pierde su propósito social cuando termina favoreciendo únicamente a quienes tienen suficiente dinero para pagar cualquier tarifa.
De continuar esta tendencia, no sería extraño que muchos de esos productos terminen acumulando polvo en los puntos de venta. No por falta de necesidad, sino por ausencia de compradores con capacidad económica para adquirirlos.
El problema no está en acercar los alimentos a la población, sino en permitir que los precios se alejen tanto de sus posibilidades. La oferta puede ser abundante, los puestos pueden estar llenos y la feria puede exhibir una imagen de prosperidad que poco tiene que ver con la realidad de quienes recorren sus instalaciones sin poder comprar casi nada.
Amancio necesita ferias que resuelvan, no actividades comerciales que terminen aumentando las preocupaciones de las familias. Acercar los productos al pueblo constituye un primer paso, aunque resulta insuficiente si no existe una política de precios que tenga en cuenta los ingresos de la población.
Un trabajador no puede vivir únicamente de buenas intenciones ni un jubilado alimentarse de iniciativas propagandísticas. La verdadera utilidad de una feria se mide por la cantidad de personas que pueden comprar, no por la cantidad de productos que se exhiben.



















