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Por Yeison Derulo

Bayamo.- El tren entre Bayamo y Manzanillo vuelve a funcionar y la propaganda oficial ya tiene otro motivo para sacar pecho. El pasaje cuesta 400 pesos, una cifra nada despreciable para un trabajador cubano que sobrevive con un salario devorado por la inflación. Lo presentan casi como una hazaña, cuando estamos hablando de recuperar un servicio de transporte que debería funcionar con normalidad, sin necesidad de montar una celebración alrededor de cada locomotora que consigue echar a andar.

Lo más llamativo de este asunto es que el servicio permanece bajo control estatal, sin participación de las Mipymes ni de otros actores económicos privados. La dictadura sigue empeñada en conservar el monopolio de actividades que lleva décadas administrando de manera deficiente. Después salen sus voceros a hablar de eficiencia, recuperación económica y compromiso con el pueblo, aunque la realidad demuestra que los cubanos pagan cada vez más por servicios básicos que distan mucho de funcionar con estabilidad.

Cuatrocientos pesos por un viaje en tren-antes del Ordenamiento costaba ese mismo viaje 3,50 peso-pueden representar una parte importante del dinero disponible para una familia humilde. No estamos hablando de un lujo ni de una excursión turística, sino de transportación entre dos ciudades de Granma. A eso se suma la incertidumbre sobre la continuidad de las salidas, condicionadas por la disponibilidad de combustible. En Cuba, hasta organizar un viaje dentro de la propia provincia depende de factores que el Gobierno no consigue garantizar, después de más de seis décadas presumiendo de un sistema supuestamente superior.

La dictadura quiere vender la reanudación del servicio ferroviario como una victoria, cuando lo verdaderamente extraordinario sería que los ciudadanos pudieran desplazarse sin sobresaltos, con precios acordes a sus ingresos y horarios confiables.

No hay nada revolucionario en devolverle a la población un servicio que debería estar garantizado. El problema de Cuba no es la falta de anuncios grandilocuentes, sino un modelo incapaz de responder a las necesidades de su gente. Y cada vez que el régimen convierte una obligación elemental en un acontecimiento, deja al descubierto el tamaño de su propio fracaso.

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