
Tomás Romay: biografía del médico que venció la viruela
Tomás Romay Chacón fue el médico que convirtió la lucha contra la viruela en una causa pública y científica. En una Cuba azotada por epidemias, prejuicios y carencias sanitarias, comprendió que salvar vidas exigía algo más que valentía individual: hacía falta investigar, convencer, organizar y sostener una política de salud.
Su nombre está unido a la introducción y propagación de la vacuna antivariólica en la Isla, pero reducirlo a ese episodio sería injusto. Romay fue médico, profesor, escritor científico, higienista y reformador de la enseñanza. Representó el momento en que la medicina cubana comenzó a abandonar la rutina y a mirar la enfermedad con los instrumentos de la observación y la razón.
Orígenes y formación de Tomás Romay
Tomás Romay y Chacón nació en La Habana el 21 de diciembre de 1764 y murió en la misma ciudad el 30 de marzo de 1849. Se formó en la Real y Pontificia Universidad de La Habana, donde obtuvo el grado de Doctor en Medicina en 1792. Su educación transcurrió en una sociedad colonial en la que la práctica médica todavía estaba condicionada por teorías antiguas, escasos recursos y una profunda desigualdad social.
Desde muy temprano entendió que la medicina no podía permanecer encerrada en los consultorios ni limitada a los debates académicos. La salud dependía de la higiene, del agua, de la ventilación, de la educación de la población y de la capacidad de las autoridades para actuar antes de que una epidemia se convirtiera en tragedia.
Su vínculo con la Sociedad Económica de Amigos del País amplió el alcance de su trabajo. Esa institución era uno de los centros más importantes de la Ilustración cubana y ofrecía un espacio para discutir agricultura, educación, economía, ciencia y salud. Romay encontró allí una plataforma para defender una medicina útil, pública y conectada con los problemas reales de la Isla.
La viruela y el desafío de la vacunación
La viruela castigaba a Cuba desde los primeros siglos de la colonización. La enfermedad provocaba una elevada mortalidad, especialmente entre los niños, y dejaba secuelas terribles entre quienes sobrevivían. En la década de 1790, Romay ya estudiaba la inoculación y participaba en los debates publicados en el Papel Periódico de La Habana.
En 1795 defendió la inoculación como procedimiento preventivo, en un momento en que muchas personas desconfiaban de cualquier intervención que implicara introducir material de una enfermedad en el cuerpo humano. Para Romay, la discusión no podía resolverse con rumores ni supersticiones: debía apoyarse en la experiencia y en la observación de los resultados.
La crisis se agravó a finales de 1803 y comienzos de 1804. La vacuna parecía lejana, mientras la viruela amenazaba con extenderse. Romay buscó durante años el fluido vacuno y trató de encontrar animales que permitieran producirlo en la Isla. La expedición dirigida por Francisco Javier Balmis llegaría después a La Habana, pero Romay ya había convertido la vacunación en una prioridad científica y moral.
El 12 de febrero de 1804: una jornada decisiva
El momento decisivo llegó en febrero de 1804, cuando María Luisa Bustamante arribó a La Habana desde Puerto Rico con su hijo y dos niñas que habían sido vacunados. Romay comprendió que aquella oportunidad podía perderse si no actuaba con rapidez. El 12 de febrero inició una serie de vacunaciones utilizando el fluido de las pústulas de los niños.
La escena fue dramática y concreta: no se trataba de una teoría leída en un libro, sino de conservar una sustancia que podía salvar a miles de personas. El médico sabía que el fluido debía transmitirse de brazo en brazo para mantener su eficacia. Por eso la campaña exigía una cadena organizada de vacunaciones, vigilancia y educación.
Romay no se limitó a vacunar en La Habana. Trabajó para establecer una estructura que permitiera conservar y propagar la vacuna por distintas localidades. En 1804 se creó la Junta Central de la Vacuna, institución vinculada a la organización de la campaña sanitaria. Su labor fue acompañada por el obispo Juan José Díaz de Espada y por otros reformadores que comprendieron que la salud pública necesitaba cooperación entre médicos, autoridades e instituciones.
“Yo no puedo expresar los efectos que sentí cuando supe que había tenido dentro de mi propia casa y en la ocasión más oportuna lo que inútilmente había hecho venir de Europa y de las colonias angloamericanas.”
Tomás Romay, relato sobre la introducción de la vacuna en La Habana, 1804
La frase revela el estado de ánimo de un científico ante una oportunidad largamente perseguida. En ella hay temor, júbilo y responsabilidad. Romay sabía que unas horas podían decidir el éxito o el fracaso de la campaña. Su emoción no era sentimentalismo: era la conciencia de estar frente a un conocimiento capaz de cambiar la historia sanitaria de Cuba.
Convencer a una sociedad desconfiada
La vacunación encontró resistencia. Algunas personas dudaban de su eficacia; otras temían que provocara la enfermedad o la consideraban contraria a sus creencias. En una sociedad con bajos niveles de alfabetización y escasa confianza en las autoridades, la información científica tenía que abrirse paso entre rumores y miedos.
Romay comprendió que la demostración pública era una herramienta poderosa. El 23 de marzo de 1804, después de vacunar a sus propios hijos, permitió que se les inoculara material de viruela natural para mostrar que la vacuna había protegido sus organismos. La escena, vista desde la sensibilidad actual, puede resultar estremecedora; dentro del contexto de la época, expresaba la confianza del médico en la técnica y su voluntad de enfrentar a los detractores con una prueba visible.
La anécdota también muestra la dimensión ética y personal de su lucha. Romay no pedía a los demás una confianza que él no estuviera dispuesto a asumir. Puso a su propia familia en el centro de la demostración y convirtió su autoridad profesional en una forma de persuasión pública.
Profesor y reformador de la medicina cubana
La obra de Tomás Romay no terminó con la vacunación. En 1817 participó en la reforma de la enseñanza médica y trabajó para modernizar una facultad que necesitaba incorporar la medicina clínica, la observación y una formación más rigurosa. En 1825 fue elegido decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana.
Desde esos espacios defendió una medicina vinculada a la ciencia y a la preparación profesional. Para Romay, un médico no debía limitarse a repetir fórmulas heredadas. Tenía que estudiar, comparar, observar a los enfermos y comprender las condiciones sociales que favorecían la propagación de las enfermedades.
También investigó la fiebre amarilla, el cólera y otros problemas sanitarios de su tiempo. En 1797 presentó su Disertación sobre la fiebre maligna llamada vulgarmente vómito negro, un trabajo que contribuyó a fortalecer el debate científico sobre una enfermedad que afectaba con dureza a la población y a los viajeros que llegaban al puerto habanero.
Romay y el nacimiento de la salud pública en Cuba
La grandeza de Romay está en haber entendido que el progreso médico debía convertirse en un servicio para la comunidad. La vacuna tenía que llegar a los barrios, a los pueblos y a las familias humildes; no podía quedar reservada a las élites ni a quienes tuvieran acceso a los círculos profesionales.
Ese principio lo acercó a la idea moderna de salud pública. La medicina debía anticiparse al daño, organizar campañas, formar vacunadores y transmitir información. Cuba no eliminó la viruela de inmediato, pero el sistema que comenzó a construirse bajo el impulso de Romay permitió contenerla y preparar el camino para su desaparición definitiva décadas más tarde.
El proceso fue largo y tuvo retrocesos. Las instituciones cambiaron, las técnicas evolucionaron y otros médicos continuaron el trabajo. Sin embargo, la primera etapa quedó marcada por la energía y la perseverancia de Romay, que sostuvo la campaña hasta su muerte en 1849.
Legado de Tomás Romay
Tomás Romay es considerado uno de los iniciadores del pensamiento científico moderno en Cuba y el primer gran higienista cubano. Su legado se encuentra en los hospitales, las aulas y las campañas de vacunación, pero también en una actitud intelectual: la decisión de poner la razón al servicio de la vida.
En la historia cubana, Romay representa a una generación que comenzó a creer que la Isla podía producir conocimiento, investigar sus propios problemas y responder a ellos con recursos científicos. No fue un hombre ajeno a las limitaciones de su tiempo, pero sí fue capaz de empujar esas fronteras.
Cuando Cuba recuerda a sus grandes pensadores, debe mirar también hacia sus médicos y científicos. Una nación se construye con discursos y poemas, pero también con vacunas, escuelas, laboratorios y personas dispuestas a proteger la vida de los demás. Tomás Romay pertenece a esa estirpe de cubanos que hicieron patria trabajando contra la enfermedad y contra la ignorancia.
Esta biografía forma parte de la serie dedicada a los grandes pensadores cubanos de los siglos XVIII y XIX. Puedes ampliar el contexto en Los grandes pensadores cubanos de los siglos XVIII y XIX.
Preguntas frecuentes sobre Tomás Romay
¿Cuándo nació Tomás Romay?
Tomás Romay Chacón nació en La Habana el 21 de diciembre de 1764.
¿Por qué es conocido Tomás Romay?
Es conocido por introducir y organizar la propagación de la vacuna contra la viruela en Cuba, además de impulsar la medicina científica y la higiene pública.
¿Cuándo comenzó la vacunación de Romay en Cuba?
La serie de vacunaciones iniciada por Romay comenzó el 12 de febrero de 1804 en La Habana.
¿Qué instituciones impulsó Romay?
Participó en la organización de la Junta Central de la Vacuna y en la reforma de la enseñanza médica y de las instituciones sanitarias de la Isla.
¿Cuándo murió Tomás Romay?
Murió en La Habana el 30 de marzo de 1849.



















