
SOS, Madre
Por Reynaldo Medina hernández ()
Virgen de la Caridad del Cobre (no tengo ningún problema con quienes te llaman Ochún, ni siquiera con los que te dicen, de manera irreverente, aunque cariñosa, «Cachita»). Respeto la libertad de culto, es un derecho humano universal, de hecho, el único que (ahora) se respeta (más o menos) en Cuba, pero que durante décadas fue pisoteado, como los demás. Sacerdotes perseguidos y deportados (ojo, no es historia antigua: hace poco devolvieron a México a uno que oficiaba en Santos Suárez por tocar las campanas de la iglesia durante un cacerolazo, en solidaridad con sus feligreses); estudiantes acosados y marginados en las escuelas (los recuerdo llorando por tener que escribir en los exámenes de Marxismo conceptos contrarios a la esencia de sus credos); los chivatos sentados frente a las iglesias anotando a los que iban a misa. No olvidar que una de las primeras preguntas a un aspirante para ser procesado para la UJC o el PCC era: «¿Tiene creencias religiosas?»; y si la respuesta era «Sí», hasta ahí llegaba.
Es una de esas verdades incómodas que pretenden hacer olvidar. Como los campamentos agrícolas a los cuales eran enviados como castigo quienes solicitaban la salida legal del país durante el tiempo que esperaban su turno; como los siniestros campamentos de las UMAP, verdaderos campos de concentración destinados a homosexuales, religiosos, opositores y todo el que no se ajustara al «nuevo orden» social; como el «quinquenio gris» (para algunos «década negra»), con sus procesos de parametración, que significaron la marginación y la muerte intelectual de no pocos de los mejores escritores y artistas cubanos; como los salvajes actos de repudio realizados contra quienes abandonaron el país durante el éxodo del Mariel, y tantas y tantas otras atrocidades que el discurso oficial menciona «al vuelo», como «de pasada», sin darles mayor importancia. Los llaman eufemísticamente «errores» (así, como si fuera una fecha mal escrita en un examen de Historia, una fórmula errónea en uno de Química, o una operación mal calculada en uno de Matemáticas), sin mencionar nunca a los responsables, al responsable, ni tampoco las consecuencias y, por supuesto, ni pensar en, al menos, una disculpa, dado que una reparación es ya imposible a estas alturas.
Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba, Madre Espiritual de los cubanos, sé que tu pueblo no merece siquiera el derecho a pedirte de rodillas que intercedas por nosotros ante Dios Todopoderoso. Esa triste verdad todos los cubanos honestos debieran aceptarla con sinceridad y humildad en el fondo de sus corazones, por un elemental sentido de la honestidad, la decencia y la vergüenza. Al menos yo la asumo, soy consciente de que en los últimos 67 años deshonramos a nuestra Patria y mancillamos el nombre y la memoria de los buenos cubanos que durante siglos lucharon contra un imperio colonial y contra gobiernos corruptos, injusticias y exclusiones. No ignoro que permitimos que ante nuestros ojos, en muchos casos con nuestra complicidad (que es una vergüenza), o nuestra aprobación (que es casi lo mismo, aunque no), o nuestro silencio (que es reprochable), o nuestra indiferencia (que es tan triste); desmontaran una República que tanta sangre y sudor costó construir; prostituyeran sus instituciones, imperfectas, sí, pero que funcionaban, y nos arrebataran una hermosa Constitución que, aún hoy, es envidia y añoranza de no pocos ciudadanos de este mundo.
Soy otro triste testigo de la imperdonable herejía colectiva de sustituir a Dios por un hombre y a la fe por una doctrina ideológica. Sí, Madre, sé que tu pueblo negó a Cristo, no tres veces como Pedro, sino cientos de veces. Y sin embargo Él perdonó a su discípulo… Entonces, ¿no será ya que el castigo ha sido suficiente? ¿Va a ser eterna esta condena al casi-no-vivir, a esta sistemática muerte lenta, primero psicológica y finalmente física? ¿Acaso aun el más vil merece vivir por siempre entre basura y aguas negras, sin comida, sin medicinas, sin electricidad, sin agua, sin esparcimiento, sin futuro y, peor aún, sin ninguna esperanza? Una madre y un padre siempre perdonan, y este pueblo espera también ser perdonado algún día.
No hablo en nombre de tu pueblo, claro que no, ¿con qué derechos?, ¿cuáles méritos he acumulado para pretender semejante honor, como no sea el no haber creído nunca en «ellos», porque tuve la suerte de nacer en una familia que desde niño me enseñó la verdad sobre mi país? Acaso si de algo puedo enorgullecerme es de eso, de que no lograron convertirme jamás en un adoctrinado, menos aún en un engañado o un confundido, gracias a lo cual no soy hoy uno más de esos tantos decepcionados, que se sienten, con razón, traicionados. Hablo en mi propio nombre, como sé que hoy lo hacen millones de mis hermanos, en decenas de lugares de este mundo.
No pido nada para mí, ya es tarde para eso. Me robaron la vida, ya lo he dicho en este sitio. Nunca podrán devolverme mi niñez, mi adolescencia, mi madurez. Ya ni siquiera sé si voy a tener tiempo para una vejez. Claro que no soy el único, ¡ojalá! Somos muchos miles. Y la destrucción no se limitó solo a los seres humanos, sino que alcanzó al país mismo, y para revertir eso también es ya tarde. Lo que ya no vivimos (o malvivimos) es irreversible. Las familias separadas nunca volverán a unirse, pero pueden acercarse un poco más. Quienes se marcharon y encontraron una nueva vida en otro lugar no regresarán, pero al menos no debería negárseles el derecho a venir de visita. Lo que se vino abajo a consecuencia del tiempo y el abandono no resurgirá igual, pero en su lugar se puede construir algo parecido, o quizás hasta mejor.
Te pido para tu pueblo, mis connacionales y, claro, es inevitable, también para los míos, mis amigos, mi familia entrañable. El Señor prometió a Abraham perdonar a Sodoma, si hallaran allí a diez justos. Entonces, Madre, si tantos partícipes en el error y en el pecado no merecen perdón, perdónanos en nombre de los justos entre nosotros, que son muchos más de diez, esos que nunca renegaron de Dios, y los que jamás claudicaron y pusieron (y ponen) en peligro su libertad e incluso sus vidas. Por ellos, y también por los otros, Madre, yo te pido.
Y te pido lo mismo de siempre, lo mismo que te pedí las dos veces que viniste a visitarnos a mi pequeño pueblo, cuando, desafiando las estrictas órdenes de las autoridades, sus amenazas e intimidaciones, venciendo el miedo a las consecuencias de la desobediencia y a lo que pudiera suceder después como posibles represalias, te esperamos a la entrada del pueblo (o a la salida, eso siempre depende), y la gente te bajó del carro en que venías y te llevó en hombros hasta nuestra iglesia para honrarte, y cantamos el Himno Nacional, y yo me sentí esperanzado y libre, de una manera que no volví a vivir hasta muchos años después, una tarde de julio, en la habanera Calzada de Diez de Octubre. Te pido lo mismo que te pedí cuando te devolví la visita, cumpliendo uno de los tres grandes sueños de mi vida, y fui a visitarte a tu hermoso rincón de El Cobre, en medio de las montañas santiagueras.
Sí, Madre, sé que es un gran atrevimiento, pero te lo pido otra vez: intercede por nosotros para que nos sean concedidas esas tres gracias esenciales para la vida de hasta el más humilde de tus hijos:
- Salud (porque sin eso la segunda y la tercera de nada sirven),
- Libertad (porque sin eso no es posible la tercera), y
- Prosperidad (porque a pesar de haberte fallado a ti y al Padre, creo que ya la merecemos).
Líbranos del Mal.



















