Un chelín bien invertido

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Stanley Unwin tenía una costumbre rara para un editor. Cuando llegaba un manuscrito infantil, se lo daba a leer a sus hijos. Pensaba que un niño ve cosas que un adulto, rodeado de papeles y contratos, ya no distingue. Y así fue como un informe de una página decidió el destino de un libro extraño sobre hobbits, enanos y un dragón.

El manuscrito llevaba años circulando en un círculo pequeño. Tolkien lo había terminado hacia 1933. Se lo leyó a sus hijos. Lo prestó a amigos. Una exalumna suya, Elaine Griffiths, habló de él con Susan Dagnall, que trabajaba en George Allen & Unwin. Dagnall lo leyó, le gustó y avisó a la editorial. Tolkien preparó una versión revisada. Y esa copia cayó en manos del hijo de Stanley.

Rayner Unwin tenía diez años. Leyó el libro. Resumió la aventura de Bilbo, Gandalf, los enanos, los trasgos y Smaug. Y escribió su veredicto: era bueno. Podía gustar a niños de cinco a nueve años. No era una crítica literaria. Era exactamente lo que su padre quería saber.

Y entonces… El Señor de los Anillos

El entusiasmo del niño fue determinante. La editorial siguió adelante. Tolkien redibujó mapas, preparó ilustraciones, diseñó la sobrecubierta. The Hobbit llegó a las librerías británicas el 21 de septiembre de 1937. La primera edición se agotó en pocos meses.

El éxito fue tal que Stanley Unwin le pidió a Tolkien otra historia sobre hobbits. El encargo creció. Creció durante años. Y terminó convirtiéndose en El Señor de los Anillos.

Entonces ocurrió algo curioso. Rayner ya no era el niño del chelín. Había crecido, trabajaba en la editorial. Y cuando llegó el enorme manuscrito de El Señor de los Anillos, fue él quien defendió su publicación. Incluso sabiendo que la empresa podía perder dinero. La relación editorial que acompañó algunas de las obras más conocidas de Tolkien había empezado con una hoja escrita a mano por un niño de diez años. Y un chelín.

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