
El colorante que aprendió a matar bacterias
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Hubo un tiempo en que morir de una infección era lo más normal del mundo. Gerhard Domagk lo aprendió en carne ajena: durante la Primera Guerra Mundial, sus estudios de medicina en Kiel quedaron en pausa porque el ejército lo reclamó. Y allí, como sanitario, vio lo que ningún libro le había enseñado: soldados que sobrevivían a las balas y luego se apagaban días después, devorados por bacterias que los médicos no sabían cómo detener.
Terminada la guerra, Domagk volvió a los libros y se orientó hacia la patología y la bacteriología. En 1927 entró a trabajar en la división farmacéutica de IG Farben, donde se juntó con los químicos Fritz Mietzsch y Josef Klarer. El objetivo era ambicioso y casi suicida: encontrar una sustancia capaz de atacar bacterias dentro del cuerpo sin matar también al paciente. Algo que circulara por la sangre, encontrara a los invasores y los eliminara desde dentro.
El rojo que funcionaba en ratones y no en tubos de ensayo
El equipo ensayó centenares de compuestos derivados de colorantes sintéticos. Uno destacó: un colorante azoico rojo, el KL 730, que después se llamaría Prontosil. En experimentos de comienzos de los años treinta, ratones infectados con estreptococos sobrevivían después de recibirlo. Lo desconcertante era que el compuesto funcionaba dentro de los animales, pero apenas mostraba actividad cuando se colocaba directamente sobre las bacterias en el laboratorio. Un misterio que Domagk no podía explicar.
Domagk publicó sus resultados en 1935. Ese mismo año, su hija Hildegard, de seis años, se pinchó una mano con una aguja y contrajo una grave infección estreptocócica. La infección avanzó hasta poner en peligro su brazo y su vida. Domagk recurrió al medicamento que llevaba años estudiando. Hildegard se recuperó. La ciencia, esa vez, le salvó a su propia hija.
Mientras Prontosil comenzaba a usarse contra infecciones que hasta entonces podían resultar mortales, investigadores del Instituto Pasteur de París resolvieron el enigma. Jacques y Thérèse Tréfouël, Federico Nitti y Daniel Bovet demostraron que el cuerpo transformaba Prontosil en una molécula mucho más sencilla: la sulfanilamida. Esa era la sustancia que realmente atacaba a las bacterias. El hallazgo desencadenó una carrera farmacéutica: como la sulfanilamida era conocida y podía modificarse químicamente, empezaron a aparecer numerosos medicamentos de la misma familia, las sulfamidas.
El Nobel, aunque sin el dinero
Por primera vez los médicos dispusieron de tratamientos sistémicos eficaces contra varias infecciones bacterianas graves: algunas formas de neumonía, meningitis, septicemia y fiebre puerperal. La penicilina había sido descubierta por Alexander Fleming en 1928, pero todavía tardaría años en convertirse en un medicamento producido a gran escala. Durante buena parte de la segunda mitad de los años treinta, las sulfamidas fueron una de las principales defensas disponibles contra las infecciones bacterianas.
En 1939, Gerhard Domagk recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por descubrir los efectos antibacterianos de Prontosil. El régimen nazi le prohibió aceptarlo. Solo después de la guerra, en 1947, pudo recibir la medalla y el diploma. El dinero del premio ya no estaba disponible. Para entonces, aquel colorante rojo había abierto una puerta que la medicina llevaba décadas intentando encontrar: demostrar que una sustancia química podía circular por el cuerpo y detener una infección bacteriana desde dentro. Domagk ya no necesitaba el dinero. Había visto a su hija vivir.



















