
Cien dólares de gasolina y veinticinco años de olvido
Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Hay que reconocerle algo a Alexis Ardines Bonachea: llenar por primera vez el tanque de su automóvil con cien dólares de gasolina duele. Sobre todo cuando uno mira el recibo, piensa en las elecciones y empieza a arrepentirse del voto. Está en su derecho. Para eso sirven las democracias: para votar, equivocarse, cambiar de opinión y anunciarlo en Facebook sin tener que pedir permiso.
Pero hay una pregunta que quizá merezca hacerse antes de convertir el precio del galón en una tragedia personal: ¿recuerda Alexis por qué se marchó de Cuba hace veinticinco años? No se fue precisamente porque le sobraran las comodidades. Se fue porque aquella vida no le ofrecía lo que necesitaba, porque el país que lo vio nacer le había cerrado demasiadas puertas y porque hasta tener una casa propia podía convertirse en una aspiración interminable.
Hoy tiene un automóvil, un trabajo, una vida construida con esfuerzo y unos hijos profesionales. Y tiene, además, cien dólares para llenar el tanque. No son poca cosa esos cien dólares cuando se recuerda que, en la Cuba de los salarios miserables, una cantidad semejante podía representar varios meses de ingresos para un trabajador. El dinero es el mismo; lo que cambia, a veces, es la dimensión de la memoria.
En Estados Unidos puede disgustarse con un presidente, arrepentirse de haberlo elegido y esperar que los demócratas lo hagan mejor. Puede criticar la gasolina, la inflación y hasta el color de la Casa Blanca. Nadie tiene que recordarle que el voto es secreto, ni explicarle que el poder cambia de manos porque los ciudadanos pueden decidirlo. Esa posibilidad, tan cotidiana para él, es una de las bendiciones que muchos cubanos llevan décadas esperando.
La corta memoria de algunos cubanos
Pensemos por un momento en la otra orilla. En Cuba, durante casi siete décadas, el poder ha permanecido en manos de un mismo sistema político, levantado alrededor de la familia Castro y de una estructura que no permite a los ciudadanos elegir libremente entre alternativas reales de gobierno. Allí no se cambia de presidente en las urnas como quien cambia de parecer en una conversación. Allí demasiadas veces se cambia de esperanza, de oficio o de país.
Por supuesto que Alexis tiene derecho a quejarse. La gratitud no obliga a cerrar los ojos, y haber encontrado oportunidades en Estados Unidos no significa que deba aplaudir cada decisión de su gobierno. Pero una cosa es exigir que las cosas funcionen mejor y otra olvidar la distancia que existe entre discutir el precio de la gasolina y vivir en un país donde conseguirla, conseguir comida o tener una vivienda digna puede convertirse en una batalla diaria.
Tal vez convendría mirar un instante hacia aquel Alexis que salió de Cuba, con sus incertidumbres y sus maletas, antes de juzgar únicamente al hombre que hoy sostiene un recibo de cien dólares. Recordar el camino no significa renunciar a las críticas; significa ponerlas en perspectiva. Porque hay problemas que merecen una protesta, pero también hay conquistas que merecen un poco de reconocimiento.
Alexis puede votar en noviembre por quien considere mejor. Esa es su libertad y nadie debería discutírsela. Pero ojalá que, cuando vuelva a mirar el precio de la gasolina, recuerde también el precio de la libertad que encontró al marcharse. En Cuba quizá aquellos cien dólares habrían sido una fortuna; quizá habría seguido sin casa, sin automóvil y sin muchas de las oportunidades que hoy disfrutan sus hijos. Y, en un país donde tantos servicios básicos escasean, hasta cuidar la salud y conservar los dientes puede convertirse en un privilegio. Quejarse es un derecho; olvidar de dónde se viene es otra cosa. Y ser agradecido no cuesta cien dólares.



















