
Pollos al servicio de la Guerra Fría
Por Rafa Junco ()
Madrid.- A mediados de los años cincuenta, los estrategas británicos tenían una pesadilla recurrente: los tanques soviéticos atravesando Alemania Occidental como un cuchillo por mantequilla. Y si las fuerzas británicas tenían que retroceder, querían dejar el terreno envenenado, inutilizable, para que el enemigo no pudiera aprovecharlo. La solución que estudiaron tenía un nombre poético y siniestro: Blue Peacock.
La idea era enterrar minas nucleares en la llanura del norte de Alemania. Cada una pesaría más de siete toneladas y produciría una explosión de unos diez kilotones. Podían detonarse por cable desde varios kilómetros de distancia, con un temporizador de ocho días o mediante mecanismos antimanipulación. En 1957, el ejército llegó a proyectar el despliegue de diez unidades. Todo muy serio, muy secreto, muy nuclear.
El enemigo inesperado: el invierno alemán
Entonces apareció un problema mucho menos espectacular que una explosión atómica: el frío. Una bomba enterrada durante días podía enfriarse tanto que algunos de sus componentes dejaran de funcionar correctamente. Los ingenieros estudiaron distintas formas de aislarla, de mantenerla caliente, de evitar que el invierno arruinara el plan. Y entre las propuestas surgió una que hoy suena a chiste, pero que entonces se discutió con absoluta seriedad.
La idea consistía en colocar varios pollos vivos dentro de la carcasa, acompañados de suficiente alimento y agua para aproximadamente una semana. La lógica era impecable: la temperatura corporal de las aves ronda los 40 °C. Encerradas dentro de la estructura, producirían continuamente suficiente calor para mantener los componentes sensibles dentro de su rango de funcionamiento hasta que llegara el momento de detonar la mina. Los pollos no activaban la bomba. Eran, literalmente, parte del sistema de calefacción.
Parecía una broma, pero no lo era
Blue Peacock nunca llegó a desplegarse. El Ministerio de Defensa británico canceló el proyecto en febrero de 1958. El riesgo de contaminación radiactiva sobre territorio aliado, el enorme tamaño del dispositivo y las implicaciones políticas terminaron pesando demasiado. La bomba con pollos quedó archivada, olvidada, como tantas locuras de la Guerra Fría.
Décadas después, los documentos salieron a la luz. La propuesta de los pollos parecía tan absurda que, cuando fue presentada públicamente por los Archivos Nacionales británicos alrededor del 1 de abril de 2004, muchos pensaron que se trataba de una broma. No lo era. Durante la Guerra Fría, Gran Bretaña había considerado seriamente enterrar bombas nucleares en Alemania. Y mantenerlas calientes con pollos vivos. La historia, a veces, no necesita exageración: le basta con contar lo que de verdad pasó.



















