Ojo por ojo hasta que decides no ser el otro

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Hay un momento, en toda historia de venganza, en que la víctima se convierte en verdugo. Y hay personas que, justo en ese instante, deciden bajarse del ring. No por cobardía, sino por dignidad.

Ameneh Bahrami tenía 26 años cuando Majid Movahedi le tiró ácido a la cara. Un compañero de universidad al que había rechazado mil veces. Perdió un ojo, luego el otro. Doce operaciones. Años de infierno. Y una sentencia que le daba el derecho de hacerle exactamente lo mismo. Ojo por ojo. Ácido por ácido.

Durante siete años peleó por esa sentencia. Quería que sirviera de escarmiento. Que ningún hombre volviera a pensar que podía destruir la cara de una mujer que le dijo no. Y cuando por fin llegó el día, cuando el ácido estaba preparado y los médicos esperaban la orden, ella dijo: basta.

Lo perdonó. Él conservó la vista. Ella nunca recuperó la suya. El perdón no le devolvió la luz, ni los años, ni la cara que tenía. Pero le devolvió algo que no se puede comprar ni recuperar con cirugía: la certeza de que ella no era él.

Dicen que perdonar es de cobardes. Mentira. Perdonar cuando tienes el poder de destruir al otro es el acto más valiente que existe. Ameneh pudo cegarlo. Eligió no hacerlo. Y en ese último segundo, en esa decisión que nadie le pidió, demostró que la venganza nunca fue su objetivo. Su objetivo era ser libre. Y lo consiguió.

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