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Por Yeison Derulo

La Habana.- Cuba vuelve a descubrir el petróleo, esta vez en los discursos de Cuba-Petróleo (Cupet). La empresa estatal asegura que la producción de crudo y gas natural crecerá este año, una noticia extraordinaria si uno vive en la burbuja de Miguel Díaz-Canel y no en la isla de los apagones kilométricos, las termoeléctricas moribundas y los hogares donde cocinar se ha convertido en una operación de inteligencia.

Osvaldo López, jefe de Exploración de Petróleo y Gas, reconoce que el incremento todavía no se refleja en lo que quiere el pueblo. Después de tantos años de revolución, los funcionarios acaban de enterarse de que producir un poquito más no sirve de mucho si la gente sigue pasando las de Caín para conseguir combustible.

Ahora resulta que la dictadura también prepara las condiciones para recibir inversiones extranjeras en el sector petrolero. Llevan años preparando áreas, prospectos y quién sabe cuántos papeles para cuando cambien las condiciones geopolíticas. Traducido al castellano de la calle, los genios de la economía cubana han pasado décadas esperando que alguien llegue con dinero, tecnología y ganas de meterse en semejante desastre.

La nueva normativa abre las puertas a inversionistas privados y extranjeros, una novedad bastante curiosa en un sistema que se ha pasado la vida satanizando la iniciativa privada. Si los negocios empiezan a salir mal, ya tendrán tiempo de buscar otro culpable. En esa especialidad, los comunistas cubanos tienen un doctorado con honores.

Cupet, además, carga con las sanciones estadounidenses y con una industria que produce un crudo pesado, viscoso y complicado de procesar. Las termoeléctricas funcionan con petróleo nacional, según las autoridades, y el país continúa atrapado en una crisis energética que no se resuelve con consignas ni reuniones del Consejo de Ministros.

El régimen señala el cerco energético de Washington, Donald Trump aprieta las restricciones y la población termina pagando los platos rotos de una economía incapaz de garantizar hasta los servicios más elementales.

En septiembre, las autoridades admitieron que sus gestiones para comprar hidrocarburos en el mercado internacional no habían conseguido resultados. Un cargamento ruso de 100.000 toneladas aparece en el relato oficial como salvavidas, aunque ningún donativo puede sostener indefinidamente a un país que necesita soluciones permanentes y no limosnas petroleras.

Lo más gracioso de todo es que, después de más de seis décadas administrando la miseria, la dictadura todavía presenta cada pequeño aumento productivo como si acabara de encontrar un yacimiento debajo del despacho de Díaz-Canel.

El pueblo no necesita otra conferencia para enterarse de que habrá un poco más de petróleo; necesita electricidad, transporte, alimentos y una vida que no dependa de la suerte ni de la llegada de un barco extranjero.

La revolución prometió soberanía, desarrollo y prosperidad, y ahora sus dirigentes andan buscando inversionistas para levantar una industria que ellos mismos no han conseguido sacar del atolladero. Mientras los funcionarios celebran sus pronósticos, los cubanos siguen esperando que la corriente dure más que el discurso. Sesenta y tantos años de revolución para terminar rezándole a un barco petrolero. ¡Tremendo negocio!

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