
La paradoja de la izquierda
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- No existe, a mi juicio, ningún líder de la izquierda que diga toda la verdad antes de llegar al poder. La mentira parece formar parte de su estrategia: una especie de escalón para alcanzar el poder y, una vez arriba, aferrarse a él como una garrapata al trasero de un perro.
Para afirmar esto, basta remontarnos a 1959. Fidel Castro dijo que la Revolución era «más verde que las palmas» y llegó incluso a afirmar que no era comunista. La historia terminó demostrando exactamente lo contrario.
Hugo Chávez hizo prácticamente lo mismo. Daniel Ortega también. Y muchos otros líderes, amparados en la democracia, llegaron al poder prometiendo libertad, justicia y prosperidad para terminar convirtiendo el poder en una propiedad privada. Se clavaron en él como un clavo viejo en una barca vieja.
Los demócratas de la nueva ola socialista estadounidense, salvando las distancias entre unos y otros, están utilizando una fórmula parecida: una retórica de salvación nacional, envuelta en el lenguaje de la democracia y alimentada por el descontento provocado por el aumento del costo de la vida.
El problema es que están convirtiendo una situación coyuntural —el precio de la canasta básica, los combustibles y las dificultades económicas— en un argumento político para cuestionar los esfuerzos de esta administración por proteger, según mi criterio, los valores fundamentales sobre los que se sostiene Estados Unidos: la democracia, la libertad individual, la propiedad privada y la posibilidad de prosperar mediante el trabajo.
No quiero hacer comparaciones, pero tampoco quiero que la memoria sea selectiva.
La verdadera paradoja
Durante la administración anterior, sin las actuales tensiones geopolíticas y sin que existieran algunos de los conflictos que hoy se utilizan como explicación para todos los males económicos, los precios de los combustibles también se dispararon. Y los alimentos sufrieron aumentos considerables. Recuerdo, por ejemplo, cuando una docena de huevos llegó a costar más de seis dólares.
Pero parece que la memoria política tiene fecha de vencimiento.
Ahora la culpa de todo la tiene Trump.
Y yo considero que esa culpa es, en buena medida, inmerecida.
Porque lo que esta administración intenta hacer hoy, desde mi perspectiva, no es simplemente resolver los problemas del presente, sino evitar males mayores en el futuro. Y hay decisiones que pueden resultar incómodas hoy precisamente porque pretenden impedir que mañana sea demasiado tarde.
Aquí surge la verdadera paradoja.
Quienes prometen proteger al pueblo pueden terminar debilitando precisamente aquello que permite a ese pueblo ser libre. Y cuando una sociedad entrega poco a poco sus libertades a cambio de soluciones inmediatas, puede descubrir demasiado tarde que el precio de la factura era mucho mayor de lo que imaginaba.
La solución no solo está en el presidente
Yo no soy quien para decir qué hay en el corazón de Donald Trump. Pero sí puedo hacerme una pregunta:
¿Qué necesidad existencial tendría un hombre que ya posee fortuna, propiedades y una vida resuelta para someterse nuevamente al desgaste de la política, exponerse a persecuciones, controversias, ataques y riesgos personales, si no creyera que está defendiendo algo en lo que realmente cree?
Si no amara a este país, podría haberse retirado con sus millones, sus mansiones, sus hijos y sus nietos, y disfrutar tranquilamente de los años que le quedan.
Pero escogió otra cosa. Escogió regresar al campo de batalla político.
Y yo interpreto ese sacrificio como una apuesta por la prosperidad y la libertad de los estadounidenses: para que puedan trabajar, hacer negocios, conducir sus automóviles, ir al gimnasio, levantar una empresa, criar a sus hijos y, sobre todo, vivir en libertad.
Al final, la decisión no pertenece solamente al presidente ni a un partido político. Está en nuestras manos.
Podemos conservar el rumbo, corregir lo que haya que corregir y defender los valores que hicieron de Estados Unidos una nación extraordinaria.
O podemos, cegados por las dificultades del presente y por promesas políticas de salvación, tirar al capitán por la borda y descubrir después que también hemos contribuido a hundir el barco.
Y ya sabemos cómo terminó el Titanic.



















